Señor, te adoro como primer principio, te deseo como último fin. Te alabo como bienhechor perpetuo. Te invoco como defensor propicio. Dirígeme con tu sabiduría, átame con tu justicia, consuélame con tu clemencia, protégeme con tu poder. Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, para que se dirijan a ti, mis palabras, para que hablen de ti, mis obras para que sean tuyas, mis contrariedades para que las lleve por ti. Quiero lo que quieras. Quiero porque quieres. Quiero como lo quieres. Quiero hasta que quieras.(Oración del Papa Clemente XI).

lunes, 29 de junio de 2015

San Pedro y San Pablo 29 de Junio


Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Un testimonio firmado con la propia sangre: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia


La de hoy es una solemnidad que nos invita a reposar en la Palabra. El martirio de los apóstoles Pedro y Pablo nos da la ocasión para que nos pongamos de cara al misterio de la Iglesia.

Pedro y Pablo: dos caminos y un mismo destino 
Una antigua y muy respetable tradición asocia a Pedro y Pablo. Partiendo de Jerusalén, cada uno de ellos llegó por sus propios medios a la capital del Imperio Romano -en ese momento “centro del mundo”- para animar las comunidades daban testimonio de Cristo en este lugar clave. Allí evangelizaron hasta que sellaron su ministerio apostólico en el martirio, hasta que firmaron su testimonio de Jesús predicado con su propia sangre. 

Como cuenta el historiador Eusebio de Cesarea: 
“Por último de sus iniquidades, el emperador Nerón declaró la primera persecución contra los cristianos cuando los santísimos Apóstoles, Pedro y Pablo fueron coronados en el combate por Cristo con la corona del martirio”

Y también Sulpicio Severo: 
“Por leyes se prohibió la religión y por edicto se declaró no ser lícito el cristianismo. Entonces fueron condenados a muerte Pedro y Pablo. A Pablo le cortaron a espada el cuello, a Pedro lo levantaron en una cruz”. 

Dos martirios grabados en la memoria de la Iglesia

Cuando uno se pasea por las catacumbas romanas como humilde peregrino,  no puede evitar el estremecimiento al ver los nombres de los dos apóstoles grabados el uno al lado del otro en los grafittis de los pasadizos subterráneos. También dos basílicas mayores en Roma llevan sus nombres. Uno los ve a los dos juntos, llevando en sus manos los instrumentos de su martirio: Pedro, la cruz invertida, porque según la tradición se declaró indigno morir de manera idéntica a su Maestro; Pablo, la espada con la que fue decapitado, probablemente en un sitio conocido como “Tres Fuentes”. Estas imágenes las vemos con frecuencia en los capiteles, vitrales, iconos y retablos. 

Por esto no nos extraña que también en el calendario litúrgico de la Iglesia los encontremos asociados en la misma fiesta. Como dijo san Agustín: “Se celebra el mismo día la pasión de los dos apóstoles, pero los dos no hacen más que uno”.

Dos tipos distintos 
Pero, ¿qué hay de común entre el humilde pescador de Galilea y el gran intelectual salido de la academia de Tarso y de la prestigiosa escuela de Gamaliel? 

Pedro anduvo con Jesús de Nazareth por los caminos de Galilea, siguiéndolo con generosidad, tomando el liderazgo entre sus compañeros, sufriendo las consecuencias de la terquedad de su noble corazón. Él acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo no caminó con el Jesús terreno, ni escuchó sus parábolas, ni compartió con él la cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia del Resucitado, quien lo llamó en el camino de Damasco e hizo de él el intrépido apóstol que abrió tantos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

Un camino de comunión 
Pedro y Pablo, dos hombres bien diferentes en sus orígenes, formación y temperamento que, a pesar de sus resistencias, fueron ambos llamados y moldeados por las palabras y el Espíritu de Jesús. Pero el mismo Señor hizo que sus ministerios fueran complementarios y los constituyó en pilares de la Iglesia naciente. 

Hay que destacar que el entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, núcleo del evangelio. Por ejemplo, en Gálatas 2,9, Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión”, pero también cómo, luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio, lo acusó de arrastrar a otros a “actuar la misma comedia” (ver 2,11-14). 

La complementariedad entre los dos apóstoles es necesaria. En materia de “comunión”, la Iglesia no nació “sabida”, ella tuvo que aprender. Es bonito ver eso: a pesar de contar con las “memoria” de la palabras y dichos de Jesús, entre los primeros cristianos nadie sabía de una vez por todas lo que había que hacer en todas las circunstancias de la vida. Por eso, cuando tenían un problema, dialogaban entre ellos y, si era el caso, no tenían reparo en debatir algunos temas polémicos que iban surgiendo. Lo importante era que (1) lo hacían con una fidelidad total al Señor, sin apartar la mirada de Jesús; y (2) se dejaban orientar por los apóstoles. Así, la Iglesia primitiva, fue un verdadero volcán de amor, abierta dócilmente a la guía del Espíritu Santo, pronta para el servicio de la Palabra. Esta era la raíz de la comunión eclesial que fue animada por los apóstoles.

Hoy son motivo de fiesta 
Dice una antigua antífona de la liturgia armenia: “La Iglesia, hoy se regocija. Es la solemnidad de los Apóstoles que la adornaron con joyas sin precio, en la Gloria del Verbo hecho carne”. 


La memoria de los apóstoles Pedro y Pablo no es de ninguna manera secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio. 

Veinte siglos después de su muerte, nosotros seguimos en esa misma ruta, dejándonos impactar por el ímpetu de su testimonio e intentando aprender siempre de nuevo una vida de “comunión” en todos los niveles de la Iglesia.

La “Roca” de la Iglesia 
El evangelio se centra en la persona de Pedro, el discípulo que Jesús ha venido educando progresivamente en la fe (ver Mateo 14,31). 

La revelación de la filiación divina de Jesús (“el Hijo de Dios vivo”), que hace de Pablo un apóstol (ver Gálatas 1,16), constituye a Simón Pedro en la roca sobre la cual Jesús construirá su Iglesia, una roca que ni aún las fuerzas del mal conseguirán abatir. Su confesión de fe expresa el sentir de la Iglesia entera, su fe es clara e inequívoca 

Esta escena se presenta en contraluz con dos relatos previos en los que los fariseos y saduceos: (1) son reprendidos por Jesús por pedir un signo para creer (Mateo 16,1-4; y él no les da un signo distinto a su persona); (2) son puestos como ejemplo de la actitud y de la doctrina que no hay que seguir (16,5-12).

Simón le dice a Jesús: “Tú eres…”
Después que le hacen el repaso de las diversas opiniones que la gente tiene acerca de él (16,13-14), Jesús les pregunta a los discípulos qué opinión tienen de Él. Entonces Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16). 

En esta confesión de fe, el apóstol reconoce la doble relacionalidad que caracteriza de manera inequívoca a Jesús: 
Con relación al pueblo, Jesús es el Cristo (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida (como se vio en la multiplicación de los panes y los otros milagros). 

Con relación a Dios, Jesús es su Hijo: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre y entre ellos (ver Mt 11,27). 

El Dios que revela Jesús es calificado como “Dios viviente”. Con esto se quiere decir que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo, que su inmenso poder vence la muerte. 

Pero esto que Pedro dice de Dios tiene que ver directamente con Jesús. Jesús es el único Mesías que, profundamente ligado al poder vital mismo, al Dios viviente, está en capacidad concederle a la humanidad el bienestar verdadero, el crecimiento integral y armónico, y la plenitud de la existencia. Este don de la vida Jesús lo comunicará mediante su donación en el camino de la cruz. 

Jesús le dice a Simón: “Tú eres…” 
Una vez que Pedro confiesa la fe, Jesús se detiene en un bellísimo discurso dirigido a él. Notemos: 
(1) Jesús se dirige a él con nombre propio y con su patronímico (nombre del papá) para indicar:
-Su plena realidad humana: “Simón”. 

-Su origen y su historia: “Hijo de Jonás”.

Jesús le revela el don extraordinario que hizo posible esta confesión: el Padre celestial le dio este conocimiento (ver 11,27; 17,5) que no se puede alcanzar únicamente por medios humanos. Simón no sólo ha sido llamado por Jesús sino que también ha sido privilegiado por el Padre, por eso tiene todos los motivos para ser “Bienaventurado”, es decir, “¡Feliz!”. 

Jesús le pone un nuevo nombre. Al “Tú eres” dicho por Simón a Jesús, Jesús le responde con otro “Tú eres” y le declara su nueva identidad: “Tú eres Pedro”, es decir “Roca”. Este término no aparecía antes en ninguna parte como nombre de persona, es una nueva creación de Jesús. Para Simón comienza una nueva vida. 

Jesús le da una nueva tarea. Con la nueva existencia Jesús le da una nueva responsabilidad (como sucede en Gn 17,5.15; Nm 13,16; 2 Re 24,17). Con tres imágenes Jesús describe la nueva tarea del apóstol:

 La Roca: una roca sobre la que Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión de fe de Pedro. Pedro debe darle consistencia y firmeza a esta comunidad de fe. Por su parte Jesús le promete a la comunidad –la casa edificada sobre ella- una duración perenne y una gran solidez (ver la profecía de 2ª Samuel 7,1-17).



 Las Llaves: no significan que Pedro sea nombrado portero del cielo sino el administrador que representa al dueño de la casa ante los demás y que actúa por delegación suya. La imagen está tomada de Isaías 22,15-25, donde se describe el nombramiento de Eliakim como primer ministro del rey Ezequías de Judá. La imagen refuerza que Jesús sigue siendo el “Señor de la Iglesia”.

 
  El Atar y Desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza (ver lo contrario en Mt 16,12). Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.

Con sus palabras a Pedro, Jesús se declara una vez más como el Señor de la Iglesia. Jesús es su pastor y nunca la abandona sino que le da una guía con autoridad. En la Iglesia todo proviene de Jesús y apunta a Él. Es cierto que quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular. Pedro debe hacer visible este fundamento y esta piedra siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe. Con razón decía San Ambrosio: “Ubi Petrus, Ibi Ecclesia”, es decir, “donde está Pedro, allí está la Iglesia”

Saber decir: “Mi Iglesia”


¿Cómo resuenan en nuestros oídos las palabras del Maestro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”? 

Jesús dice “mi Iglesia”, en singular, no “mis Iglesias”. Él ha pensado y deseado una sola Iglesia, no una multiplicidad de Iglesias independientes, o peor, en conflicto entre ellas. 

“Mía”, además de ser singular, es también un adjetivo posesivo. Jesús reconoce, por tanto, la Iglesia como “suya”, dice “mi Iglesia” como si un hombre dijera “mi esposa” o “mi cuerpo”. Se identifica con ella, no se avergüenza de ella. Sobre los labios de Jesús, la expresión “mi Iglesia” suena de manera idéntica. 

En las palabras de Jesús, notamos un fuerte llamado a todos los discípulos de Jesús a reconciliarse con la Iglesia. Renegar de la Iglesia es como renegar de la propia madre. 

“No puede tener a Dios por Padre”, decía san Cipriano, “quien no tiene a las Iglesia por Madre”. Un buen fruto de esta fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo sería que aprendiéramos a decir también nosotros los miembros de la Iglesia católica a la cual pertenecemos: “¡Mi Iglesia!”.

En sintonía con Dios en esta solemnidad, entremos en el espíritu de los apóstoles Pedro y Pablo, orando juntos:

“Me has dicho: ‘Anda y enseña a todas las naciones’ (Mt 28,19).
Creí y por eso hablé (Sal 116,10; 2 Cor 4,13)
Me prohibieron enseñar en tu Nombre (Hch 5,28),
pero yo obedecí a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29).
Fui extremadamente humillado (Sal 116,3),
pero estoy feliz de haber sido considerado digno 
de padecer ultrajes por el Nombre de Jesús (Hch 5,41).
Y cada día, en el Templo y en las casas, 
no dejé de anunciar, oh Jesús, que Tú eres el Cristo (Hch 5,42).
Apacenté el rebaño que me confiaste, 
lo cuidé de buena gana, apacible con todos (1 Pe 5,2).
Los que odiaban la paz me atacaron sin motivo (Sl 12).
Me regocijé por tener parte en tus sufrimientos. 
Me alegraré cuando se manifieste tu Gloria. 
Fui ultrajado por tu Nombre, pero de eso me regocijé, 
pues tu Espíritu, oh Dios, reposó en mí. 
Padecí como cristiano y no tuve vergüenza. 
Glorifiqué a Dios por el Nombre de cristiano (1 Pe 4,14).
Y tú, rompiste mis lazos (Sl 116,16).
Reconocí verdaderamente que Tú mandaste a tu Ángel 
y me libraste de la expectación del pueblo (Hch 12,1-19).
A ti me ofrezco en hostia de alabanza, 
y tu Nombre aún lo invoco (Sl 116,4).
Cumplo mi promesa a la faz de todo el pueblo, 
en los atrios de tu Templo Santo, en medio de Jerusalén (Sl 116,18-19),
no dejaré de anunciar que Tú eres el Cristo”
(Oración compuesta con base en el Salmo 116, pasajes de los Hechos de los Apóstoles y 1ª Pedro 4 y 5; Preparada por el Monasterio Apostólico Piedra Blanca)

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