Señor, te adoro como primer principio, te deseo como último fin. Te alabo como bienhechor perpetuo. Te invoco como defensor propicio. Dirígeme con tu sabiduría, átame con tu justicia, consuélame con tu clemencia, protégeme con tu poder. Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, para que se dirijan a ti, mis palabras, para que hablen de ti, mis obras para que sean tuyas, mis contrariedades para que las lleve por ti. Quiero lo que quieras. Quiero porque quieres. Quiero como lo quieres. Quiero hasta que quieras.(Oración del Papa Clemente XI).

viernes, 28 de junio de 2013

"¿NO ESTOY YO AQUÍ, QUE SOY TU MADRE?"

"¿NO ESTOY YO AQUÍ, QUE SOY TU MADRE?"

"Pon esto en tu corazón, mi pequeño hijo: no temas. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No te encuentras bajo mi sombra, a mi cobijo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás tú en el pliegue de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Necesitas algo más?" 



María, con su Fiat

El anuncio del nacimiento de Jesús
1:26 En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
1:27 a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
1:28 El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo".
1:29 Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
1:30 Pero el Ángel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
1:31 Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;
1:32 él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
1:33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin".
1:34 María dijo al Ángel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?"
1:35 El Ángel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
1:36 También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes,
1:37 porque no hay nada imposible para Dios".
1:38 María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Ángel se alejó. (Lucas 1, 26-38).

nos abrió las puertas del Cielo.

Así, se cumple la Sagrada Escritura del Libro del Génesis:


3:14 Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: "Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo.Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. 
3:15 Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar." (Génesis 3, 14-15)


y del Libro del Apocalipsis:

La visión de la Mujer y el Dragón
12:1 Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.
12:2 Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.
12:3 Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema.
12:4 Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera.
12:5 La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono,
12:6 y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio para que allí fuera alimentada durante mil doscientos sesenta días.
12:7 Entonces se libró una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron contra el Dragón, y este contraatacó con sus ángeles,
12:8 pero fueron vencidos y expulsados del cielo.
12:9 Y así fue precipitado el enorme Dragón, la antigua Serpiente, llamada Diablo o Satanás, y el seductor del mundo entero fue arrojado sobre la tierra con todos sus ángeles.
12:10 Y escuché una voz potente que resonó en el cielo:
"Ya llegó la salvación,
el poder y el Reino de nuestro Dios
y la soberanía de su Mesías,
porque ha sido precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios.
(Apocalipsis, 12, 1- 10)

Ella fue el Principio y será el Fin que conduce al Rey de Reyes, al Alfa y el Omega.
Amen.



Nuestra Señora de Guadalupe 

Luis A. Dumois Núñez.

Guadalajara, Jalisco, México.


"Ha llegado hasta nosotros un extraordinario documento, fechado en el siglo XVI, en donde se narra esta bella historia: el Nican Mopohua, escrito por un indio noble, Don Antonio Valeriano, quien fue bautizado y convertido al catolicismo. Hombre educado, la lengua que empleó en este caso fue el náhuatl, la misma que hablaban los aztecas. La historia ha sido llamada Nican Mopohua porque esas son las primeras palabras que aparecen en el manuscrito. Nican Mopohua significa, Aquí se cuenta.

Juan Diego era un indio pobre que caminaba habitualmente por los campos aledaños a la Ciudad de México. Vivía en Cuautitlán. Un día de diciembre, 1531, avanzaba hacia Tlatelolco, cuando escuchó música y percibió un dulce perfume que provenía de un cerrito cercano. Alguien, con una voz muy suave, lo llamaba: "Juanito, Juan Dieguito...". Subió el cerro del Tepeyac y vio allí a una joven. Ella le pidió que se acercara.

Nuestra Señora de Guadalupe

Ya enfrente de Ella, pudo apreciarla en toda su magnificencia: Sus ropas resplandecían con luz semejante a la del Sol, y era muy hermosa. Le dijo: "Escucha, tú el más pequeño de mis hijos, Juantzin, ¿hacia dónde te diriges?" Y él le contestó: "Mi Señora, Reina, mi pequeña niña, voy a Tlatelolco, a escuchar las cosas de Dios". Entonces Ella le dijo que era la Virgen María, madre del verdadero Dios. Y le pidió que fuera a México, al palacio del obispo, para decirle que Ella quería que le construyeran un templo en el Tepeyac.

Prometiendo obedecer a la Señora, se encaminó Juan Diego hacia México, para hablar con el obispo, Fray Juan de Zumárraga. Tuvo que esperar un rato en el palacio, pero finalmente se encontró en presencia del obispo. Le contó todas las cosas maravillosas que había presenciado, y le comunicó el deseo de la Señora del Cielo. El obispo no le creyó, por lo que regresó Juan Diego al cerro del Tepeyac. Y Ella lo estaba esperando allí. Cuando la vio le dijo: "Señora, Reina, la más pequeña de mis hijas, niña, fui a cumplir tus órdenes. El señor obispo fue amable conmigo, me escuchó, pero creo que no me entendió. Así que te suplico, mi Señora, Reina, mi niña pequeña, que mandes a uno de tus nobles; porque yo soy un hombre sencillo, soy pequeño, soy escalerita de tablas, yo mismo necesito ser conducido, y te fallaré, y no quiero que te enfades conmigo". Ella insistió en que era de todo punto importante que fuera él el que llevara Sus órdenes; nadie más. Él prometió otra vez cumplir con lo que Ella pedía.

Al siguiente día, domingo, regresó Juan Diego al palacio, y repitió su historia. El obispo le hizo muchas preguntas, y finalmente le dijo que, para poder iniciar la construcción del templo, necesitaría una señal tangible por parte de la Señora.

Él regresó con Ella, le contó todo, y entonces Ella le pidió que regresara al día siguiente para darle la señal solicitada.

El día siguiente, lunes, Juan Diego no fue al encuentro de la Señora, porque su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo, y fue a visitarlo. Pasó con él la noche, y muy temprano a la mañana siguiente se dirigió a Tlatelolco a buscar un sacerdote, ya que estaba seguro de la inminente muerte de Juan Bernardino. Cuando se acercaba al cerrito tomó un camino diferente, porque no quería que lo detuviera la Señora del Cielo; tenía prisa. (¡Pensó que no lo vería la que bien mira a todas partes!) Pero entonces Ella se apareció frente a él, y le preguntó, "¿Qué pasa, hijito mío? ¿A dónde vas?". Él, turbado, le contestó: "Mi jovencita, la más pequeña de mis hijas, mi niña, espero que estés contenta. ¿Cómo te encuentras esta mañana? ¿Te sientes bien?" Y le dijo que iba a buscar un sacerdote, porque su tío se moría. Ella le contestó: "Pon esto en tu corazón, mi pequeño hijo: no temas. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No te encuentras bajo mi sombra, a mi cobijo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás tú en el pliegue de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Necesitas algo más?" Y le dijo que su tío ya estaba fuera de peligro. (Y en aquel mismo momento sanó su tío, como después se supo.)

Le dijo entonces que subiera el cerro y que cortara las flores que encontrara. Juan Diego obedeció, y muy asombrado, descubrió muchas hermosas flores allá arriba, aunque no era el tiempo de ellas. Cortó las flores y las puso dentro de su tilma (manto fabricado por los indígenas), para regresar después hasta la Señora. Ella tomó las flores en Sus manos y las volvió a poner en el hueco de la tilma. Y lo encaminó entonces con el obispo, diciéndole que le enseñara lo que llevaba.

Cuando Juan Diego llegó al palacio, tuvo que esperar mucho rato para ver al obispo. Le contó toda la historia, acerca de la Señora, el cerrito, las flores, las órdenes de Ella. Todo este tiempo sostenía el borde de su tilma, con las flores adentro. Finalmente el obispo le pidió que mostrara lo que cargaba. Cuando abrió su manto, las flores rodaron por el suelo, y ahí, sobre la blanca tela, apareció la imagen de la Señora del Cielo, Nuestra Señora de Guadalupe.

Ese paño es el mismo que hoy apreciamos dentro del templo construido sobre el Tepeyac. He estado allí muchas veces. La imagen de la Virgen está a la vista de todos. Sobre un muro, en grandes caracteres, se pueden leer las mismas palabras que la Virgen le dirigió a Juan Diego: "No temas. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿Necesitas algo más?"

Al escribir esto siento profundas emociones. No puedo explicarlo. No soy lo que se llama una persona religiosa; sin embargo, cada vez que leo el Nican Mopohua, o que recuerdo esas palabras, o cuando voy al Tepeyac a saludarla a Ella, algo se remueve muy dentro de mí. Sé que Ella está allí, mirándome, diciéndome que no tema, que confíe, que mire hacia el futuro con tranquilidad, porque Ella siempre estará presente, cuidándome.

Nuestra Señora de Guadalupe nos ha acompañado siempre: en la guerra y en la paz, en alegrías y tristezas, en la vida y en la muerte. Ella fue el estandarte de los ejércitos de Hidalgo y de Morelos. La invocamos y buscamos en tiempos de desesperación y destrucción; en tiempos de serenidad y reconstrucción, ayer y hoy, como también lo haremos mañana. ..."
Nuestra Señora de Guadalupe (en inglés):

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