sábado, 26 de enero de 2013

DEVOCIÓN A LA SANTA FAZ DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

"PENSAD EN LA PASIÓN DE JESÚS"


Segundo Mensaje de Nuestra Señora del Carmen en Garabandal:

18 de Junio de 1965 – “Como no se ha cumplido y no se ha dado mucho a conocer mi mensaje del 18 de octubre, os diré que este es el último. Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando. Los Sacerdotes, Obispos y Cardenales van muchos por el camino de la perdición y con ellos llevan a muchas mas almas. La Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira del Buen Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con alma sincera, Él os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del Ángel San Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación. Pedidnos sinceramente y nosotros os lo daremos. Debéis sacrificaros más, pensad en la Pasión de Jesús”.




LAS 15 ORACIONES DE LA PASIÓN DE JESÚS 




“Pendemis, Dei verba accepit aure accipit at verbum corde Brigitti Deum” 

“ Anno Jubilei MCCCL” 
POPULE MEUS QUID FECETUE RESPONDE 

DEVOCIÓN  A  LA  SANTA  FAZ  DE  NUESTRO  SEÑOR  JESUCRISTO
 QUE SE VENERA EN LA CATEDRAL DE TURÍn, ITALIA 



ORACIONES 

Para empezar, invoquemos al dulce Huésped de nuestras almas: 

Señal de la Cruz. 

V. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles. 

R. Y enciende en ellos el fuego de Tu Divino amor. 

V. Envía Señor tu Espíritu y serán creadas todas las cosas. 

R. Y se renovará la faz de la tierra. 


Oremos: 
Oh Dios, que instruiste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que animados y guiados por este mismo Espíritu, aprendamos a obrar rectamente siempre, y gocemos de la dulzura del bien de sus divinos consuelos. Por Cristo nuestro Señor. Amén. 


ACTO DE CONSAGRACIÓN A LA SANTA FAZ 
¡Oh Faz amabilísima de Jesús! Aquí venimos atraídos por Tu dulce mirada, que como Divino imán arrebata nuestro corazón, aunque pobre y pecador. 

¡Oh Jesús! Quisiéramos enjugar tu adorable Faz y consolarte de las injurias y olvido de los pecadores. 

¡Oh Rostro hermosísimo! Las lágrimas que brotan de tus ojos nos parecen perlas preciosas, que queremos recoger para comprar con ellas las almas de nuestros hermanos. Ha llegado a nuestros oídos la queja amorosa que salió de tus labios en la Cruz, y sabiendo que la sed que te abraza es de amor, quisiéramos poseer un amor infinito para apagarla. 

¡Oh amado Jesús! Si nosotros tuviéramos el amor de todos los corazones, todo sería para Ti.

Envía, Señor, almas; sobre todo almas de apóstoles y mártires, para abrazar en Tu corazón a la multitud de los desgraciados pecadores. 

¡Oh amado Jesús! Mientras aguardamos el día en que contemplaremos Tu Gloria Infinita, nuestro únicos deseo es venerar Tu Faz Santísima, a la cual consagramos desde ahora y para siempre, nuestras almas con sus potencias y nuestros cuerpos con sus sentidos. 

¡Oh Jesús! Haz que tu Rostro lastimado sea aquí, abajo, nuestro encanto y nuestro cielo. Amén.




LAS 15 ORACIONES SOBRE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR 

ORACIONES REVELADAS POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO A SANTA BRÍGIDA Y REGISTRADAS EN LA IGLESIA DE SAN PablO, EN ROMA 

-Para ser rezada ante un Crucifijo o la Santa Faz del Señor- 


RECOMENDACIONES DEL PAPA PÍO IX – APROBACIÓN 

Estas oraciones y promesas, fueron realizadas fundamentalmente para el crecimiento espiritual de aquella persona que aspire a unirse a Jesús todos los días y llegar a las alturas místicas de los más grandes Santos, fueron copiadas del libro publicado en Toulose (Francia), en 1740, por el Padre Adrián Parvilliers, jesuita, Misionero Apostólico en Tierra Santa, con aprobación, permiso y recomendación para difundir la devoción. 

Los familiares que las hagan rezar a los jóvenes, por lo menos durante un año, les asegurarán los privilegios especificados, así como el de ser preservados de todo accidente grave que pueda ocasionar la pérdida de alguno de sus cinco sentidos, aunque su vida sea larguísima, y cuando uno se da cuenta que todos estos privilegios se realicen sin ninguna excepción, sin lugar a duda el mayor número querrá asegurarlos. 

No ha de olvidarse que en tiempos de Santa Brígida (siglo XIV), la imprenta no existía, de modo que el único recurso eran los copistas. Por eso hay diversas traducciones pero, asegurnado su esencia. 

El Papa Urbano VI fomentó la multiplicación del número de copias de las revelaciones, en vista de que estaban siendo solicitadas por reyes, obispos, conventos, bibliotecas y universidades. Los libros que contenían estas oraciones y promesas habían sido aprobados por un gran número de prelados, entre los cuales se encontraba Su Eminencia, el Cardenal Giraud de Cambria, en 1845 y el Arzobispo de Florián de Toulose, en 1863.

El Papa Pío IX se enteró de esta colección de pequeños libros, en los cuales se encontraban estas oraciones y promesas, reconociendo su autoridad y, por el bien de las almas, las ha aprobado, el 31 de mayo de 1862.

Este veredicto del Papa IX fue confirmado con la realización de las promesas a favor de todas las personas que rezaron las Oraciones y por numerosos hechos sobrenaturales con los cuales Dios ha querido hacer conocer su rigurosa veracidad.

Estas meditaciones de origen divino, fueron fuente de piadosas prácticas espirituales de muchas generaciones de católicos que quisieron seguir las huellas de Nuestro Salvador, y así, retratarlo en sus almas. Finalmente, esta colección fue recomendada por el Gran Congreso de Malines el 22 de agosto de 1863. Aquellos que visiten la Iglesia de San Pablo en Roma, pueden ver el Crucifijo en tamaño natural, esculpido por Pierre Cavallini, ante el cual Santa Brígida se arrodillaba, con la siguiente inscripción: "Pendemis, Dei verba accepit aure accipit at verbum corde Brigitti Deum. Anno Jubilei MCCCL", recordando las prodigiosas experiencias tenidas por la Santa ante este crucifijo. 


SANTA BRÍGIDA DE SUECIA 
(1302 – 1373) 

Santa Brígida, hija de la princesa de sangre real de Suecia, Birgir, nació por el año de 1302, de padres muy piadosos. Su virtuosa madre murió al darla a luz, por lo que la niña fue cuidada por una de sus piadosas tías. Brígida no pudo hablar hasta la edad de 3 años, pero tan pronto pudo hacerlo, comenzó a rezar a Dios. Aún en su temprana infancia, sintió atracción por los discursos serios, y las lecturas piadosas eran sus favoritas. A la edad de 10 años, Brígida se sintió conmovida por un sermón que oyó sobre la Pasión de Nuestro Señor. A la noche siguiente tuvo un sueño en el que vio a Nuestro Señor clavado en la Cruz y cubierto de sangre y heridas, al mismo tiempo una voz le decía: "MÍRAME, HIJA MÍA". ¡Oh, mi Señor! -respondió Santa Brígida- ¿quiénes te han tratado tan cruelmente?. Nuestro Señor le respondió: "AQUELLOS QUE ME DESPRECIAN Y SON INSENSIBLES A MI AMOR POR ELLOS". 

Este misterioso sueño dejó una impresión tan profunda en ella, desde entonces, meditó continuamente en los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo, y siempre lloraba al hacerlo. A la edad de 15 años, por obediencia, Brígida se casó con el príncipe Ulf, un joven muy piadoso, y tuvieron ocho hijos (una de sus hijas llegó a ser Santa Catalina de Suecia).

Más que instrucciones, fueron sus ejemplos los que santificaron su numerosa familia. Sus revelaciones y otras gracias celestiales hicieron de ella una verdadera santa. Murió en Roma en 1373, después de regresar de una peregrinación a la Tierra Santa. Santa Brígida de Suecia meditaba diariamente en la vida y sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo.



LAS PROMESAS 

Desde muchísimo tiempo Santa Brígida deseaba saber el número de azotes que Nuestro Señor recibió en su Pasión. Un día se le apareció, diciéndole:

“He recibido en Mi Cuerpo cinco mil cuatrocientos ochenta azotes; si queréis honrarlo con alguna veneración, decid 15 Padres Nuestros y 15 Avemarías con las siguientes oraciones (que Él mismo dictó), durante un año entero; finalizando el año habréis venerado cada una de Mis Llagas”. 

Jesús también prometió que todo aquel que ore las oraciones devotamente cada día por el espacio de un año, obtendrá los siguientes privilegios: 

Las personas que rezaren estas oraciones, alcanzarán los primeros grados de perfección y, antes de su muerte, tendrán un conocimiento perfecto de todos sus pecados, una contrición profunda de ellos y le daré a comer Mi precioso Cuerpo a fin de que escape del hambre eterna y a beber de Mi preciosa Sangre para que no permanezca sediento eternamente. Libraré del purgatorio a 15 miembros de su familia y 15 miembros de su familia serán confirmados y preservados en gracia y se convertirán. Yo colocaré Mi victoriosa Cruz ante él para su amparo y defensa contra las asechanzas de sus enemigos. 

Antes de su muerte, vendré con mi carísima y bienamada Madre y recibiré benignamente su alma muy complacido y lo conduciré a los gozos eternos y, habiéndola conducido hasta allá, le daré a beber de la fuente de Mi Divinidad, lo que jamás hago con los otros que no recen mis oraciones. 

Se debe saber de quien haya vivido en estado de pecado mortal y rezare o tiene la intención de rezar estas oraciones devotamente, Yo, el Señor le perdonaré todos sus pecados y no permitiré que muera sin recibir los sacramentos. Lo defenderé contra las tentaciones del mal,  conservaré y preservaré sus cinco sentidos y la protegeré de una muerte repentina. Salvará su alma de la muerte eterna y obtendrá todo lo que pida a Dios y a la Santísima Virgen, como si hubiera vivido siempre según la Divina Voluntad durante toda su vida y si está por morir, le prolongaré su existencia.

Todas las veces que alguien rezare estas oraciones, ganará 50 días de indulgencia. Y se le asegura que será puesto junto al Supremo Coro de Ángeles y será contado entre los bienaventurados del Cielo.

Y al que las enseñare a otro estas oraciones, se le promete que su gozo y su mérito no faltarán jamás, sino que serán estables y durarán eternamente. Donde se encuentren o recen estas Oraciones, Dios estará presente con su gracia. 

Todos estos privilegios fueron prometidos a Santa Brígida por una Imagen de Nuestro Señor Crucificado, a condición de rezarlas todos los días, y las mismas Promesas las tienen todos los que las recen durante UN AÑO.




PRIMERA ORACIÓN 

¡Oh, Señor Jesucristo! Eterna dulzura de todos los que te aman! ¡Oh Gozo Supremo que supera todo gozo y deseo!

Salvación y esperanza de nosotros, pecadores. Infinitas pruebas nos has dado de que tu mayor deseo es estar siempre con nosotros y en medio de los hombres; y fue este el sublime deseo, ¡Oh bendito amor, el que te llevó a asumir la naturaleza humana.

¡Oh Verbo Encarnado!, recuerda aquella Santa Pasión que abrazaste por nosotros, para cumplir con el divino plan de reconciliación de Dios con su criatura. Acuérdate de todos los sufrimientos que has soportado desde el instante de tu concepción y sobre todo durante Tu Sagrada Pasión, como fue ordenado desde el principio de los tiempos en la mente de Dios. Acuérdate Señor, Tu Última Cena, cuando rodeado de tus discípulos, y después de haberles lavado los pies, les diste por alimento tu precioso Cuerpo y Sangre y tuviste que consolarlos al anunciarles tu ya próxima Pasión.

Es en el Huerto de los Olivos, Oh Señor, donde experimentaste en tu alma los peores momentos de Tu Sagrada Pasión: porque fuiste invadido por la más infinita de las tristezas y por la más dolorosa de las amarguras, y que te llevaron a exclamar todo lleno de horror y de angustia: "¡Mi alma está triste hasta la muerte!"... Tres horas duró tu agonía en aquel jardín; y todo el miedo, angustia y dolor que padeciste allí, ¡fueron tan grandes!, que sudaste sangre copiosamente. Aquello escapaba a toda descripción, hasta tal punto que sufriste más allí que en el resto de Tu Pasión, porque ante tus divinos ojos desfilaron aquellas terribles visiones de los pecados que se cometieron desde Adán y Eva, hasta aquellos mismos instantes, y los pecados que se estaban cometiendo en aquellos momentos por toda la faz de la tierra, y los que se cometerían en el futuro, ¡siglos enteros!, ¡hasta la consumación de los tiempos! Pero, ¡Oh, Jesús de amor que todo lo vence!, a pesar de tu temor humano, así respondiste a Tu Padre: "¡No se haga Mi Voluntad, sino la Tuya!" e inmediatamente, Tu Padre envió aquel precioso Ángel para confortarte...

Tres veces oraste, y al final llegó tu discípulo traidor, Judas. ¡Cuánto te dolió aquello! Fuiste arrestado por el pueblo de aquella nación que Tú mismo habías elegido y exaltado. Tres jueces te juzgaron, falsos testigos te acusaron, ¡condenando a muerte a su Autor y Redentor! ¡A aquél que venía a regalarnos la vida eterna! Y te despojaron de tus vestiduras y te cubrieron los ojos... e inmediatamente aquellos soldados romanos comenzaron a abofetearte, y llenarte de salivazos, y golpes llovieron contra Tu delicado Cuerpo. Y te retaban a que les dijeras quién era el que te lo hacía. De repente, aquella corona de espinas te la incrustaron mutilando tu cabeza de mala manera; ¡rompiendo carne, venas y nervios!

Para contemplar la mofa a tu condición de Rey, te dieron un cetro: una vulgar caña que colocaron en Tus Sagradas manos.

¡Oh Jesús!, recuerda también cuando te ataron a la columna. ¡Cómo te flageló aquella gente!... No quedó lugar alguno en tu maravilloso Cuerpo que no quedara destrozado bajo los golpes de los látigos. Otro cuerpo humano hubiese muerto con menos golpes... La escena era terrible: ¡huesos y costillas podían verse! ¡Cuánta furia desatada contra el Hombre -Dios! 

Te suplico, Dulce Jesús, por la memoria de aquellos crueles tormentos que padeciste por mí antes de la Crucifixión, que me concedas antes de mi muerte, sentimientos de verdadera contrición, una sincera confesión, la remisión de todos mis pecados, te reciba en la eucarístia, y así, alimentada mi alma, vuele yo hacia Ti. Amén. 

JACULATORIA: -Que se repite en las 15 Oraciones-: ¡Oh Dulcísimo Jesucristo, ten misericordia de nosotros pecadores! 

Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 


***


SEGUNDA ORACIÓN 

¡Oh Jesús, Verdadera alegría de los Ángeles y Santos. Paraíso de delicias, salud y alimento de mi alma!

Acuérdate del horror y la tristeza que sufriste camino al lugar donde te aguardaba una cruz, cuatro clavos y los verdugos y, cuando toda aquella turba se apretujaba a tu paso, te rodearon y te golpeaba e insultaba impunemente y con otros suplicios inauditos te laceraron, haciéndote víctima de las más espantosas crueldades. Pero más te dolía la ingratitud de ellos, que los golpes que te infligían, pues era precisamente por ellos y por toda la raza humana, que llevabas aquella Cruz sobre tus hombros destrozados. 

Por todos aquellos tormentos y ultrajes, feroces golpes y por las blasfemias proferidas en contra Ti, yo te suplico, ¡Oh dueño de mi alma! que me libres de mis enemigos, visibles e invisibles, y que bajo la sombra de tu protección logre yo tal perfección y santidad, que merezca entrar en tu Reino. Amén. 

 ¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 




TERCERA ORACIÓN 

¡Oh, Señor Jesucristo, Verbo Encarnado!

Dueño de mi existencia, Tú que siendo el Creador del Universo, del Cielo y de la Tierra, de Ángeles y de hombres, a quien nada puede abarcar o limitar y que todo lo envuelves y sostienes con tu amoroso poder, sin embargo, te dejaste matar por tu obra maestra, el hombre, para justificarlo ante Ti mismo.

Señor mío, recuerda cada dolor sufrido, cada tormento soportado por nuestro amor, como cuando los judíos con enormes clavos perforaron Tus Sagradas manos y pies. ¡Que espantosa escena se produjo cuando con indescriptible crueldad, Tu Cuerpo tuvo que ser estirado sobre la Cruz para que tus manos y pies llegaran hasta los agujeros previamente abiertos en el madero! ¡Con cuánta furia agrandaron aquellas heridas!. ¡Cómo agregaron dolor al dolor, cuando tuvieron que estirar Tus Sagrados miembros violentamente en todas direcciones! ¡Oh Varón de dolores! Recuerda cuando tus músculos y tendones eran estirados sin misericordia, y tus venas se rompían, y tu piel virginal se desgarraba horriblemente, y tus huesos eran dislocados.

¡Oh Cordero Divino! en memoria de todo lo ocurrido en la colina del Gólgota, y dolores soportados por Ti, en la Cruz, te ruego me concedas la gracia de amarte y temerte hasta el fin de mi vida. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo....! Padre Nuestro, Ave María y Gloria.



CUARTA ORACIÓN 

¡Oh, Jesús, Médico Celestial que te dejaste suspender en la Cruz para que por tus heridas las nuestras fueran sanadas!

Acuérdate de los sufrimientos y dolores que sentiste en tus ya lacerados miembros, que fueron distendidos hasta tal punto que jamás ha habido dolor semejante al tuyo mientras se levantaba en alto la Cruz. Desde la cabeza a los pies eras todo llaga, todo dolor, todo sufrías; eras una masa rota y sanguinolenta, y aún así rogaste, para sorpresa de tus verdugos, a suplicar a tu Padre el eterno perdón para ellos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Te ruego, ¡Oh Jesús bendito!, por esta inmensa caridad y Misericordia que tuviste y en memoria de estos dolores, haz que el recuerdo de tu muy amarga Pasión me conceda una perfecta contrición y la remisión total de mis pecados, y que jamás vuelva a ofenderte. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 


QUINTA ORACIÓN 

¡Oh Jesús, Esplendor de la Eternidad!

Acuérdate que cuando contemplaste en la Luz de Tu Divinidad las almas de los predestinados que serían rescatados por los méritos de Tu Sagrada Pasión, también viste aquella tremenda multitud que sería condenada por sus pecados. ¡Cuánto te quejaste por ellos! Te compadeciste, mi buen Jesús, hasta de aquellos reprobados, de aquellos desafortunados pecadores que no se lavarían con Tu Sangre, ni se alimentarían con Tu Cuerpo Sagrado.

Por tanto te pido, por la profundidad de tu infinita Misericordia que mostraste, no sólo con el sufrimiento de los perdidos y desesperados, sino en usarla hacia el buen ladrón arrepentido, al decirle en aquel mismo día: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, que Tú quieras, ¡Oh, piadoso Jesús!, mostrarme esta misma Misericordia en la hora de mi muerte. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


SEXTA ORACIÓN 

¡Oh, Jesús, Rey amable y Todopoderoso, muy amado y deseado por mi corazón!

Acuérdate de aquella infinita aflicción que padeciste cuando fuiste clavado y elevado en la Cruz, casi desnudo y tratado como si fueras un criminal común. ¡Oh, cómo te dolió el ver que tus familiares y amigos desertaran! Excepto tu dilecta Madre María y Juan, que permanecieron contigo hasta tu último suspiro. No importando que su naturaleza humana estaba desmayando y, para colmo de tu inmenso amor por nosotros, nos hiciste aquel precioso regalo: ¡nos diste a María como Madre! Sólo tuviste que decir a María: "Mujer, he aquí a tu hijo"; y a Juan: "He aquí a tu Madre"... 

¡Oh Rey de la Gloria! Por la espada de dolor que atravesó el alma de tu Inmaculada Madre, te ruego, que te compadezcas de mi en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto del cuerpo como del alma, y me consueles, prodigándome ayuda y gozo en las pruebas y adversidades, especialmente en la hora de mi muerte. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria.



SÉPTIMA ORACIÓN 

¡Oh, Señor Jesucristo, Rey de Reyes, Fuente de dulzura inextinguible!, movido de íntimo sentimiento de amor. 

Recuerda cuando sentiste aquella tremenda sed por las almas y que te llevó a exclamar desde la Cruz: "¡Tengo Sed!", esto es, “la sed insaciable por la salvación de la raza humana”.

Por este gesto de amor por nosotros, te ruego, que inflames en mi corazón el deseo de tender siempre hacia la perfección en todos mis actos, que extingas en mi la concupiscencia pecaminosa de la carne y el ardor de los placeres mundanos. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 


OCTAVA ORACIÓN 

¡Oh, Señor Jesucristo, dulzura de los corazones, suavidad de las almas!

Haznos la gracia a nosotros, míseros pecadores, por la amargura de aquella hiel y vinagre que te dieron a probar por nosotros en la Cruz, en lugar de agua, para aplacar tu sed física...

Te suplico que en todo tiempo, especialmente en la hora de nuestra muerte, nos podamos alimentar de Tu Cuerpo y de Tu Sangre, no indignamente, sino en remedio y consolación de nuestras almas. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


NOVENA ORACIÓN 

¡Oh Señor Jesucristo. Alegría del alma!

Acuérdate de la angustia y del dolor que sufriste, cuando por la amargura de aquellos atroces dolores y aquella tremenda soledad que te llevó a exclamar al Padre: “Eloi, Eloi, Iamma Sabactani”, esto es, "¡Padre, Padre Mío!, ¿por qué me has abandonado?". Te contemplo, Oh dulce autor de la vida, todo sumido en aquel mar de amargura, y noto también que tu muerte ya se acerca; pero lo que más me espanta, Oh adorado mío, es ver que los judíos no cesan de insultarte, los ultrajes y blasfemias parecen no tener fin. 

Te ruego, por las angustias que padeciste en aquellos momentos finales de tu Pasión, ¡Oh enamorado de mi alma!, que en la hora de mi muerte no me abandones, para que mi alma salvada, pueda demostrarte que también vivía enamorada de Ti, Señor Mío y Dios Mío. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 


DÉCIMA ORACIÓN 

¡Oh, Señor Jesucristo, que eres Principio y Fin de todo lo creado, Virtud, Luz y Verdad!

Recuerda que para rescatarnos permitiste ser sumergido en un abismo de sufrimientos de los pies a la cabeza...

Te ruego que, por los méritos de tu profundas y Sagradas Llagas, quieras consagrarme a Tí y, me enseñes a obrar con verdadera caridad, guardando Tus Mandamientos, único camino para nosotros que te amamos y que nos conducen a Tí. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 




UNDÉCIMA ORACIÓN 

¡Oh, Señor Jesucristo, profundo abismo de piedad e insondable de Misericordia!

Yo te ruego en memoria de tus heridas, las cuales traspasaron tu Carne y tus Huesos, que me apartes para siempre del pecado, que no te ofenda más y que quieras elevarme a mí, sumergido en el pecado, y me escondas dentro de tus preciosas Llagas, y así, pueda Tu Corazón, lavar mis culpas con Tu Sangre preciosa. Amén. 



¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 


DUODÉCIMA ORACIÓN 

¡Oh Jesús, eterna verdad, símbolo de la perfecta caridad y de la unidad! 

Te suplico que te acuerdes de aquella multitud de laceraciones, de aquellas horribles heridas que te hizo la humanidad pecadora que querías salvar. 

Estabas hecho un harapo humano, enrojecido por Tu propia Sangre. ¡Que inmenso e intenso dolor padeciste en Tu Carne virginal por amor a nosotros! ¡Oh dulzura infinita!, ¿qué pudiste hacer que ya no hayas hecho por nosotros? 

Te ruego, Oh Señor, a tener siempre presente ante los ojos de mi espíritu, un fiel recuerdo de Tu Pasión, para que el fruto de tus sufrimientos se vea continuamente renovado en mi alma, y para que tu amor se agrande en cada momento más y más en mi corazón, hasta que llegue aquel feliz día en que he de verte en el Cielo, y ser no contigo, que eres el tesoro y suma total de todo gozo y bondad. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria.


DÉCIMATERCERA ORACIÓN

¡Oh dulce consuelo de mi alma, maravilloso liberador, Rey Inmortal e Invencible!

Recuerda cuando inclinando Tu adorable Cabeza, toda desfigurada por los golpes, la sangre y el polvo del camino, exclamaste: "Todo está consumado"... Para entonces, toda tu fuerza mental y física, habíase agotado totalmente. 

Por ese preciso sacrificio, y por las angustias y tormentos que padeciste antes de morir, te ruego, Oh buen Jesús, que tengas Misericordia de mi en la hora de mi muerte, cuando mi alma se verá asaltada por inquietudes y angustias. Que no tema nada, que te tenga a Tí a mi lado y dentro de mi ser. Amén. 


¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 



DÉCIMACUARTA ORACIÓN

 ¡Oh, Señor Jesucristo, Unigénito del Altísimo, Esplendor y Figura de Su Ser!

Acuérdate de la humilde plegaria con que encomendaste el Espíritu, con gran voz al Padre diciendo: "¡Padre, en tus manos encomiendo Mi Espíritu!" y después, inclinando la cabeza y abiertas las entrañas de Tu Misericordia para rescatarnos, exhalaste el último suspiro. 

Por tu muerte ¡tan preciosa! Te suplico, Oh Rey de Santos y Arcángeles, me hagas fuerte para resistir al demonio con sus perfidias, al mundo con sus errores y a la carne con sus vicios, a fin de que, muerto al mundo, yo viva sólo para Ti y Tú recibas mi espíritu en la última hora de mi vida; que después de largo exilio y peregrinar ansía retornar a Ti. Amén. 

¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

DÉCIMAQUINTA ORACIÓN

 ¡Oh Señor Jesucristo, Verdadera y Fecunda Vida! 

Acuérdate de la abundante efusión de Tu Sangre que brotaba de cada parte de Tu Bendito Cuerpo. Desde el lugar de la flagelación, y a través de las calles de Jerusalém, por toda aquella vía dolorosa, hasta la colina sagrada, Tu Sangre derramada escribía las más bellas páginas de la historia del Corazón que más nos ama...¡El tuyo! 

Recuerda cómo la tierra agradecida, pero a la vez espantada, recibía Tu preciosa Sangre. Toda la naturaleza de horror temblaba, los Cielos se estremecían y los ángeles y, hasta los demonios se sorprendían ante ¡aquella increíble escena! ¡Todo un Dios moría! Aquel primer Viernes Santo, Oh Jesús ¡abrías el Cielo para la humanidad pecadora! 

Por tres largas horas Tu Cuerpo colgó de la Cruz. Presentabas un aspecto doliente, triste, todo lleno de dolor, Tu Sangre aún manando recorriendo aquella que ya se había secado, que ya había coagulado. Y a todo esto se adhirió el polvo y la tierra del camino... 

Qué tristeza y dolor padecieron María y Juan al contemplar tus cabellos y barba que ahora estaban llenos de sangre y de tierra. ¡Hasta tus ojos y boca sangraban! En verdad que todos Tus Sentidos fueron atrozmente atormentados. Así cuando inclinando la cabeza y entregaste Tu Espíritu... entonces el soldado Longinos te abrió tu costado, con la punta de la lanza perforando Tu Carne hasta Tu Corazón, Oh Jesús mío, ese Corazón ¡que tanto nos ama! Y de allí brotó Sangre y Agua, las últimas gotas que quedaban.... 


Tu Cuerpo era un bulto colgado, la carne destruida, la sustancia marchita, Tus Huesos vencidos. Es entonces que, hubo terremotos, resucitaron muchos muertos, y la naturaleza dieron amplio testimonio de que aquel que negaron ¡Era el Hijo de Dios! Oh Señor, por tu amarga Pasión y preciosa Sangre, te ruego, dulcísimo Jesús, traspases mi corazón, para que día y noche yo derrame lágrimas de penitencia y amor. 

Conviérteme totalmente a Tí, que mi corazón sea tu perpetuo lugar de reposo; que mi oración te sea siempre agradable; y que al final de mi vida sea loable, para alabarte junto con todos los Santos por toda la eternidad. Amén.


¡Oh Dulcísimo Jesucristo...! Padre Nuestro, Ave María y Gloria.



PLEGARIA


¡Oh Señor mío Jesucristo, ¡Hijo de Dios Vivo! 
Acepta esta plegaria con el mismo entrañable amor 
con el cual soportaste todas las llagas de tu Santísimo Cuerpo, 
ten misericordia de nosotros y de todos tus fieles, vivos y difuntos; 
concédenos tu misericordia, tu gracia, 
la remisión de todas las penas y culpas 
y la vida eterna. 
Amén.




   

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