martes, 27 de septiembre de 2016

25 de septiembre de 2016:¡Muy feliz día, querida Virgen María del Rosario de San Nicolás!









 Consagración a la Virgen


“¡Oh Madre! Quiero Consagrarme a Ti.
Virgen María hoy Consagro mi vida a Ti.
Siento necesidad constante de tu presencia en mi vida,
para que me protejas, me guíes y me consueles.
Sé que en Ti mi alma encontrará reposo
y la angustia en mí no entrará,
mi derrota se convertirá en victoria,
mi fatiga en Ti fortaleza es. Amén”.
7-9-84






lunes, 12 de septiembre de 2016

12 de de septiembre: el santo nombre de María



"María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna" La primera festividad a María, la Virgen, nació en Oriente, hacia el siglo V. Allí estaba siempre viva la tradición de la casa natalicia de María. La fiesta surgió como dedicación de una Iglesia a María, tradición que se relaciona con el actual Santuario de Santa Ana... España fue la primera en solicitar y obtener de la Santa Sede autorización para celebrar la fiesta del Dulce Nombre. Y esto acaeció en el año 1513. La festividad se realizaba en el centro de España durante muchos años. La primera diócesis que celebró esta fiesta fue la de Cuenca. Pero la onomástica tiene fecha propia, el 12 de Septiembre. En 1683, el Papa Inocencio XI declaró oficial una fiesta para perpetuar la victoria que los austriacos y polacos, mandados por Juan Sobieski, consiguieron de los turcos ese año en Viena. Juan Sobieski se preparó al combate recibiendo el Pan de los fuertes y oyendo devotamente la santa misa, y todo el ejército polaco siguió el ejemplo de su rey. "La hora histórica de la batalla definitiva de Viena sonó al alborear el límpido sol del día 12 de septiembre" —dice S. S. Pío XII en el radiomensaje con motivo de la beatificación de Inocencio XI—. El ejército de socorro, dirigido por Juan Sobieski, atacó a los asaltantes. Una inesperada tormenta de granizo cayó sobre el campamento de los turcos. Antes de la noche, la victoria sonreía a las fuerzas cristianas que se habían lanzado al combate invocando el Nombre de María. Si como instrumento de liberación Dios había escogido al rey de Polonia, unánimes afirman los críticos e historiadores que el artífice primario de esta misma liberación fue el papa Inocencio, y éste, a su vez, con humildad conmovedora, atribuyó el mérito y la gloria de aquella jornada al favor y socorro de María. Por eso quiso dedicar este luminoso día de septiembre a la fiesta de su Santísimo Nombre.

EL NOMBRE DE MARÍA



María (aram. מרים Mariam ) es el nombre que se usa en los evangelios para referirse a la madre de Jesús de Nazaret. Para los cristianos católicos, ortodoxos, anglicanos y otros grupos cristianos orientales, son más usadas las expresiones «Santísima Virgen María», «Virgen María» y «Madre de Dios». En el Islam se usa el nombre árabe Maryam. Sabiendo la importancia que tiene el nombre para los Israelitas, es innegable que el nombre de María le fue impuesto a la Santísima Virgen por sus padres Joaquín y Ana; muy comúnmente se admite que este nombre le fue sugerido por inspiración divina, es decir que, movidos ellos interiormente por el Espíritu Santo prefirieron este nombre a todos los demás. Una sola mujer encontramos en el A. T. que lleva este nombre, es la hermana de Moisés, en tiempos de Jesús aparecen muchas mujeres con el nombre de María. Para los hebreos el nombre no era un simple apelativo, estaba íntimamente ligado a la persona, por ello usaban nombres que describirían la personalidad, el carácter, así es muy usada la expresión "su nombre será tal" cuando se quería designar una misión o carácter especial al niño por nacer. María es un nombre conocido en el Antiguo Testamento por haber sido nombre de la hermana de Moisés y Aarón, originalmente escrito como Miryām, la versión de los Setenta lo menciona como Mariám (Mαριαμ), el cambio en la primera vocal señala tal vez la pronunciación corriente, la del arameo, que se hablaba en Palestina antes del nacimiento de Cristo. Al igual que con los nombres de Moisés y Aarón, que fueron tomados con sumo respeto, el de María no se usó más como nombre común, pero la actitud cambió con el tiempo y fueron puestos como señal de esperanza por la era mesiánica. En el texto griego del Nuevo Testamento, en la versión de los Setenta, el nombre usado era Mariám. María sería probablemente la forma helenizada de la palabra. ¿Qué significados tiene según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar? Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena. Otro tercer grupo de filólogos e intérpretes sostienen que la palabra María es de origen estrictamente hebreo. Y sus diversas y preciosas significaciones son las siguientes:

Primera. Mar amargo, de la raíz mar y jam. María fue un verdadero mar de amargura, desde que en el templo, cuando la presentación de su Hijo, vislumbró la silueta cárdena y dolorida del Calvario. Y un mar de amargura desbordante en la pasión y muerte de Jesús.

Segunda. Rebeldía, de la raíz mar. Ella, la omnipotencia suplicante, vence a las satánicas huestes. "El nombre de María —escribe el padre Campana— es de una energía singular y tiene en sí una fuerza divina para impetrar en favor nuestro la ayuda del cielo."

Tercera. Estrella del mar. Le cantamos Ave, Maris Stella! ¡Y con qué arrebatador encanto glosa y profundiza San Bernardo esta expresiva metonimia!

Cuarta. Señora de mí linaje. Frase muy justa y apropiada a la prerrogativa nobilísima de ser Madre de Dios, Reina de todo lo creado.

Quinta. Esperanza. Significado más alegórico que etimológico, pero lleno de inefable consuelo. Porque Ella, Spes nostra, es el camino de la felicidad, el arco iris que señala un pacto de armonía entre Dios y los hombres. "Bienaventurado el que ama vuestro nombre, oh María —exclama San Buenaventura—, porque es fuente de gracia que refresca el alma sedienta y la hace reportar frutos de justicia."

Sexta. Elevada, grande, de ram. San Agustín y San Juan Crisóstomo coinciden en adjudicarle el excelso sentido de "Señora y Maestra".

Séptima. Iluminada, iluminadora. Está llena de luz. Sostiene en sus brazos la luz del mundo. Es pura y diáfana. "El nombre de María indica castidad", dice San Pedro Crisólogo.

LA VENERACIÓN DEL NOMBRE DE MARÍA




Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina. dar a la "Niña Reina" un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: "María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna". Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, "llave del cielo", como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria. Por eso su fiesta lleva esa impronta: Acies ordinata. La veneración que muchos santos tienen por esto nombre nos lo reflejan en sus recomendaciones, por ejemplo, S. Pedro Canisio nos dice: “Si hay entre los mortales algún nombre tan hermoso, preclaro y lleno de gracia que merece ser escrito, leído, alabado, pintado y esculpido, es el de María, ya que es digno de estar siempre ante los ojos, en los oídos y en las mentes de todos los hombres y de ser pronunciado privada y públicamente con inmensa reverencia”. San Estanislao de Kostka escribía el nombre de María al margen de la página de los cuadernos con esta jaculatoria: “¡Oh María, sedme propicia!”. San Germán, patriarca de Constantinopla nos invita a que pronunciemos frecuentemente el nombre de María: “Como la respiración es indicio cierto de vida para nuestro cuerpo, así tu nombre Santísimo, proferido incesantemente por los labios de tus siervos, es, no sólo indicio seguro, sino también causa de vida, de alegría y de auxilio”. Se nos recomienda que pronunciemos el nombre de María como jaculatoria, San Bernardino de Siena dice que “por esto nombre se purifica el corazón, se ilumina la mente, se inflama el alma, se ablanda el pecho, se endulza el gusto y el afecto se hermosea”. La Iglesia nos invita a que pensemos, veneremos y apreciemos este nombre por eso el 12 de septiembre se celebra el Santísimo nombre de María.

MARIA: EL PODER DE SU NOMBRE por San Alfonso de Liguori




Ricardo de San Lorenzo dice "que no hay ayuda más poderosa en ningún nombre, ni hay ningún otro nombre dado a los hombres, después, del de Jesús, desde el cual se brinde tanta salvación a los hombres como desde el nombre de María." Continúa diciendo "que la invocación con devoción de este dulce y sagrado nombre conduce a la adquisición de gracias superabundantes en esta vida y un muy alto estado de gloria en la próxima." Luego del muy sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico en bondades, que no hay otra forma de que las almas devotas reciban tanta gracia, esperanza y ternura el la tierra y en el cielo. Por eso Ricardo de San Lorenzo "invita a los pecadores a servirse de este gran nombre," porque esto sólo bastará para curarlos de todos los males y "no hay trastorno, por malo que sea, que no se someta inmediatamente al poder del nombre de María." El beato Raimundo Jordano dice "que no importa lo endurecido y falto de confianza que pueda estar un corazón, el nombre de esta Bendita Virgen tiene tanta eficacia que con tan sólo pronunciarlo ese corazón de ablandará maravillosamente." Además se sabe muy bien y lo experimentan dia a dia los seguidores de María, que su nombre poderoso tiene la fortaleza particular que se necesita para superar las tentaciones contra la pureza. En suma, "Tu nombre, O Madre de Dios, está lleno de gratias y bendiciones divinas." como dice San Metodio. Tanto es así que San Buenaventura declara, "que tu nombre, Oh María, no puede pronunciarse sin traer alguna gratia a aquel que lo hace con devoción...permitenos, Oh Señora, que a menudo podamos acordamos de nombrarte con amor y confianza; ya que esta práctica muestra la posesión de la gratia divina, o bien es una petición para que la recobremos pronto. Por otro lado, Tomas a Kempis afirma "que los demonios temen a la Reina del cielo a tal punto que sólo con oír pronunciar su gran nombre, huyen de la persona que lo dice como si se tratara del fuego ardiente." La misma Virgen Bendita reveló a Santa Brigida "que no hay pecador en la tierra, por más apartado que pueda estar del amor de Dios, del cual el demonio no esté inmediatamente obligado a huir, si se invoca su sagrado nombre con la determinación de arrepentirse." En otra ocasión repitió lo mismo al santo, diciendo "que todos los demonios veneran y temen su nombre hasta tal punto que al oirlo inmediatamente ailojan las garras con las cuales sujetan el alma cauvita." Nuestra Señor Bendita también le dijo a Santa Brigida "que del mismo modo que los ángeles rebeldes huyen de los pecadores que invocan el nombre de María, los ángeles buenos se approximan a las almas justas que pronuncian su nombre con devoción."


PROMESAS 


Las promesas de ayuda que hizo Jesucristo son un verdadero consuelo para aquellos que tienen devoción por el nombre de María; porque un dia según lo oyó Santa Brígida, El prometió a Su santísma Madre que concedería tres gracias especiales a quienes invocaran ese nombre sagrado con confianza: primero, que El les concedería la contrición perfecta por sus pecados; segundo, que sus pecados serian expiados y tercero, que El les daría la fortaleza para alcanzar la perfección y a la larga, la gloria del paraíso. Y luego nuestro Divino Salvador agragró "porque tus palabras, Oh Madre Mía, son tan dulces y agradables para Mi, no puedo negarte lo que me pides." San Efren llega a decir "que el nombre de María es la llave de las puertes del cielo," en las manos de aquellos que la invocan con devoción. Y por eso no es casualidad que San Buenaventura diga "que María es la salvación de todos los que recurren a ella." "¡Oh Dulcisimo Nombre! Oh María, quién serás Tú que tu nombre sólo es tan amable y lleno de gracia," exclama el beato Enrique Suso. Déjanos por lo tanto, aprovechar siempre los hermosos consejos que nos da San Bernardo en estas palabras: "En los peligros, en las perplejidades, en los casos dudosos, piensa en María, recurre a María, no dejes que abandone tus labios; no dejes que se aparte de tu corazón."

LOS NOMBRES DE JESÚS Y MARÍA




Cuando haya peligro de perder la gracia divina, debemos pensar en María invocar su nombre junto con el de Jesús; PORQUE ESOS DOS NOMBRES SIEMPRE VAN JUNTOS. Oh, entonces nunca permitamos que esos dos nombres tan dulces abandonen nuestro corazón o se alejen de nuestros labios, porque nos darán la fortaleza, no sólo para no dejarnos vencer, sino también para conquistar todas nuestras tentaciones. "La invocación de los nombres sagrados de Jesús y María," dice Tomas a Kempis, "es una oración breve que es tan dulce para la mente como poderosa para proteger a aquellos que la usan contra los enemigos de su salvación, así como también es fácil de recordar."

LA HORA DE LA MUERTE


Así vemos que el santísimo nombre de María es tan dulce para sus sequidores durante la vida, debido a las abundantes gracias que Ella les consigue. Pero será aún más dulce para ellos en la muerte debido al final tranquilo y santo que les asegurará. Permítenos entonces, devoto lector, que le roguemos a Dios nos conceda que en la muerte, el nombre de María sea la última palabra en nuestros labios. Esta fue la oración de San Germano; "Que el último movimiento de mi lengua sea para pronunciar el nombre de la Madre de Dios;" qué dulce, qué segura es aquella muerte que está acompañada y protegida por la pronunciación de este nombre; ya que Dios sólo concede la gracia de invocarlo a aquellos a quienes El está por salvar. El Padre Sertorio Caputo, de la compañia de Jesús, exhortó a todos aquellos a punto de morir a que pronuncien el nombre de María frecuentemente; porque este nombre de vida y esperanza, cuando se repite a la hora de la muerte es suficiente para hacer huir a los demonios y para confortar a dichas personas en su sufrimiento. Bendito sea el hombre que ama Tu nombre, María," exclama San Buenaventura. "¡Si, verdaderamente bendito es aquel que ama tu dulce nombre, Oh Madre de Dios! Ya que" continúa diciendo, "tu nombre es tan glorioso y admirable que nadie que lo recuerda tiene temor alguno a la hora de la muerte." Tal es su poder, que ninguno de aquellos que lo invocan a la hora de la muerte temen los ataques de sus enemigos. San Camilo de Lellis instó a los miembros de su comunidad a recordarles a aquellos que están por morir que pronuncien a menudo los santos nombres de Jesús y María. Según era su costumbre al asistir a personas que estaban en su última hora. Oh, que podamos terminar nuestras vidas como lo hizo el Padre Capuchino, Fulgencio de Ascoli, quien expiró cantando, "¡Oh María, Oh María, la más bella de las criaturas! Permitenos ir juntos." Permitenos concluir con la tierna oración de San Buenaventura: "Te Pido a Ti, oh María, por la gloria de tu nombre, que vengas y Te reúnas con mi alma cuando se vaya de este mundo y la lleves en tus brazos."

Et Nomen Virginis Maria

Anagrama del Dulce Nombre de María



"Y el nombre de la virgen era María. Digamos también, acerca de este nombre, que significa estrella de la mar, y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción. Se compara María oportunísimamente a la estrella; porque, así como la estrella despide el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya dió a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella su claridad, ni el Hijo a la Virgen su integridad. Ella, pues, es aquella noble estrella nacida de Jacob, cuyos rayos iluminan todo el orbe. cuyo esplendor brilla en las alturas y penetra los abismos; y, alumbrando también a la tierra y calentando más bien los corazones que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los vicios. Esta misma, repito, es la esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar grande , espacioso, brillando en méritos, ilustrando en ejemplos. 

¡Oh!, quienquiera que seas y te sientas arrastrado por la impetuosa corriente de este mundo, náufrago de la galerna y la tormenta, sin estribo en tierra firme, no apartes tu vista del resplandor de esta estrella si no quieres ser oprimido de las borrascas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella. invoca a María. Si eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la estrella, invoca a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, vuelve los ojos a María. Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no erras si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no te corromperás; si te protege, no temes; si Ella es tu guia, no te fatigarás; si ella te ampara, llegarás felizmente al puerto; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la virgen era María..." 
(San Bernardo, super missus est.")

Historia


Ocho días después del nacimiento de la Virgen, sus padres le impusieron el nombre de María. La liturgia, que ha fijado algunos días después de Navidad la fiesta del santo nombre de Jesús, ha querido instituir también la fiesta del santo nombre de María poco después de su Natividad. Celebrada primero en España, esta fiesta fue extendida a toda la Iglesia por el papa Inocencio XI, en 1683, para agradecer a María la victoria que acababa de ganar Juan Sobieski, rey de Polonia, contra los turcos, que asediaban a Viena y amenazaban a Occidente.

El nombre hebreo de María, en latín Domina, significa Señora o Soberana; y eso es ella en realidad por la autoridad misma de su Hijo, soberano Señor de todo el universo. Gocémonos en llamar a María Nuestra Señora, como llamamos a Nuestro Señor Jesucristo; pronunciar su nombre es afirmar su poder, implorar su ayuda y ponernos bajo su maternal protección.El hecho de que la Santísima Virgen lleve el nombre de María es el motivo de esta festividad, instituida con el objeto de que los fieles encomienden a Dios, a través de la intercesión de esta Santa Madre, las necesidades de la Iglesia, le den gracias por su omnipotente protección y sus innumerables beneficios, en especial los que reciben por las gracias y la mediación de la Virgen María.

Sobre la poderosa invocación del santo nombre de María




Los reyes fugitivos de sus estados recuperan el trono por la poderosa invocación del santo Nombre de María.

En el año 1683 los turcos, orgullosos con los triunfos que habían alcanzado en Alemania, formaron el proyecto de llevar sus conquistas hasta el Danubio y el Rin, y amenazando a toda la cristiandad pasaron a sitiar a Viena con un ejército de 2oo.óoo hombres. El espanto fue general: los habitantes abandonaban los pueblos, y la gente huía por todas partes: el emperador Leopoldo no teniendo suficientes tropas para resistir al ejército otomano, se salvó saliendo precipitadamente de Viena en el momento en que los enemigos llegaban por el lado opuesto para formalizar el sitio. En la víspera de la Asunción los turcos abrieron la trinchera, y la adelantaban con increíble rapidez: por colmo de la desgracia, el fuego había prendido en la iglesia de los escoceses y penetrado al arsenal; mas por una visible protección de la Virgen, en el mismo día de su Asunción, el fuego se contuvo por todo el tiempo que fue necesario para sacar la pólvora y pertrechos. Un beneficio tan señalado de la Virgen reanimó el valor casi abatido de los sitiados: el continuo fuego de los sitiadores y las bombas que destruían los edificios, no impedían a los habitantes asistir a las iglesias para implorar el divino socorro de día y de noche, ni a los predicadores exhortar a los fieles a que pusiesen toda la confianza en su poderosa intercesora. El 31 de agosto los turcos habían adelantado tanto sus obras, que los sitiados y sitiadores se batían varias veces en el mismo foso con las estacas de la empalizada. Viena, el baluarte de la cristiandad , estaba casi reducida a cenizas, cuando en el día de la Natividad de la Virgen santísima, habiendo los cristianos redoblado sus plegarias y su devoción, recibieron como por milagro la noticia cierta del pronto socorro que aguardaban, y del cual comenzaban a desconfiar. En efecto: al día siguiente, segundo día de la octava de la Natividad de la Virgen, se vio toda la montaña de Kalemberg cubierta de tropas aliadas: era el gran Sobieski Rey de Polonia, al frente de un ejército poco numeroso en verdad, pero fuerte con el socorro de Dios. Este Rey llegó el 12 á la capilla de san Leopoldo con el príncipe Carlos de Lorena: oyeron la misa, y el mismo Rey quiso ayudarla de rodillas, y con los brazos extendidos en cruz, menos en las ocasiones en que había de servir al sacerdote: recibió la santa comunión, y después de haberse puesto a sí mismo y a todo su ejército bajo la protección de la Virgen santísima, después que todas sus tropas recibieron la bendición dada en nombre del santo Padre, el Rey se levantó, y lleno de una santa confianza dijo: “Avancemos bajo la protección poderosa de la Madre de Dios”. Cuando el pequeño ejército de cristianos observó desde lo alto de la montaña las innumerables tropas de infieles, se persuadió íntimamente que solo del cielo podía venirle la victoria; y realmente todo fue milagroso. Después de un choque dado bruscamente, el Kan de los tártaros fue el primero que se decidió por la fuga, habiéndole seguido el gran Visir bramando de coraje, viéndose obligado por la precipitación con que hubo de escaparse, a abandonar en el campo todos los bagajes, las municiones de boca y guerra, toda la artillería que ascendía a 180 piezas, y el grande estandarte de Mahoma, habiendo tenido asimismo la pérdida de diez mil hombres muertos.Juan Sobieski entró en Viena con el emperador Leopoldo, y él mismo fue el que entonó el Te Deum. Después de esta victoria hacía llevar siempre consigo una imagen de nuestra Señora de Loreto hallada milagrosamente, con dos ángeles que sostenían una corona colocada encima de la cabeza de la Virgen santísima: y en la mano de cada uno de los ángeles hizo el Rey poner una tabla con esta inscripción: "Por medio de esta imagen de María seré vencedor".

jueves, 8 de septiembre de 2016

8 de septiembre: solemnidad de la Natividad de María

ORACIÓN DE LA NATIVIDAD 
DE NUESTRA SEÑORA



¡Que grande gozo e incomparable alegría debe tener todo el mundo el día de vuestro sagrado nacimiento, ¡oh niña benditísima! pues con la luz que vos, como alba divina, le trajisteis, se bañó de nueva claridad y comenzó a respirar! A toda la Santísima Trinidad alegrasteis con vuestro nacimiento; al Padre por haber nacido su dulce esposa, al Hijo porque habías de ser su Madre, y al Espíritu Santo porque erais su templo, y por su virtud habíais de concebir en vuestro vientre virginal al Verbo Eterno. Los santos patriarcas vieron en este día cumplidos sus deseos; los profetas acabadas aquellas sombras y figuras debajo de las cuales tantas veces os dibujaron y pintaron, los ángeles su Reina y Señora, y los hombres de honra, ornamento y gloria de todo el linaje humano; y finalmente, todos los judíos y gentiles, justos y pecadores tienen hoy causa de particular regocijo, por haber salido a luz la que había de darnos al que es luz y vida del mundo.



Vos, niña gloriosa, nacisteis hoy la más linda, la más bella y hermosa y más adornada de gracias que ninguna pura criatura. Porque así como vuestro precioso Hijo os fue muy parecido en el ser natural como hijo a su madre, así vos fuisteis muy semejante a vuestro Hijo en el ser de gracia, en la cual él era vuestro Padre; y así convino que en el alma y en el cuerpo no hubiese cosa criada que con vos se pueda comparar. Vos sois la segunda Eva y madre de los vivientes que vivirán para siempre, vos más dichosa que Sara, más prudente que Rebeca, más hermosa que Raquel, más fecunda que Lia, más excelente que María hermana de Moisés y Aaron, más sabia que Débora, más fuerte que Judíth, más graciosa que Ester, más humilde que Abigail, más casta que Susana. Porque sois aquella mujer vestida de sol y coronada de estrellas, que tiene la luna debajo de sus pies, y aquel santuario que Dios hizo para habitar en él, y aquel arca fabricada de madera de Setin, y forrada por dentro de oro purísimo, que son todas las virtudes con que Dios os adornó.




Dios os salve, María suavísima, hija sois de Eva, mas para reparar las miserias de Eva; hija sois de hombre, mas madre de Dios; virgen sois, mas no sin fruto; fecunda sois, mas sin detrimento de vuestra pureza virginal. Dios os salve, Virgen sacratísima, tálamo del Esposo celestial, templo de la sapiencia increada, sagrario del Espíritu Santo, huerto de delicias, paraíso de deleites, vena de aguas vivas, y depositaria de todas las gracias y dones de Dios, y singular entre todas las criaturas; pues no hay cosa que os iguale, y todo lo que tiene ser está sobre vos o debajo de vos, porque Dios solamente es sobre vos, y todo lo que no es Dios está debajo de vos. Desde este punto y desde esta hora en que salisteis al mundo para bien del mundo yo os reconozco y tomo por Señora mía, y os doy el parabién y vasallaje como a Reina soberana del cielo y de la tierra, y madre de mi Señor Jesucristo. Vos, Virgen purísima y niña sacratísima, tomadme por esclavo perpetuo y de vuestro Hijo benditísimo, para que yo con verdadero y santo gozo me goce hoy de vuestro glorioso nacimiento. Amen.



miércoles, 7 de septiembre de 2016

El Perdón: un camino a la Santidad: padre Jozo Zovko

"Jesús, yo los perdono. Por favor, perdóname".

Esa tarde, todos estábamos buscando la mano de otro,
tantas manos como fuera posible para apretarlas y decir: "Perdóname".

"Nuestras mangas estaban húmedas 

a causa de nuestras lágrimas. 
La gente se dio cuenta  también por vez primera 
de que podía deshacerse de sus pecados 
sin luchas interiores".

"Jesús pide de nosotros que seamos sencillos y pequeños, 
que seamos obedientes; 
un hombre arrogante no puede creer 
y aceptar la verdad sublime y magnífica 
de que hablamos con nuestra Señora".

"Las lágrimas de nuestra Señora son pesadas,
en el sentido de que son poderosas. 
Podrían derretir un corazón de piedra".

"Resulta peligroso estar en conflicto con el cielo,
con el evangelio, con Nuestra Señora. 
Resulta importante ser pequeños" 


sábado, 3 de septiembre de 2016

Santo Rosario con meditaciones para la devoción de los primeros cinco sábados de mes


Hora Santa y rezo del Rosario meditado en reparación y desagravio por los ultrajes cometidos contra el Inmaculado Corazón de María. De modo particular, pediremos la conversión y repararemos por quienes niegan o atentan contra los dogmas marianos.


         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.



MISTERIOS GOZOSOS


        Primer Misterio: La Anunciación del ángel a la Virgen María 

Meditación


       Jesús, Tu Madre Santísima, la Virgen María, fue concebida por la Santísima Trinidad sin mancha de pecado original y por eso su Nombre Primero y más adecuado es “Inmaculada Concepción”, pero como también fue concebida y fue inhabitada por el Espíritu Santo desde el primer instante de su Concepción sin mancha, la Virgen se llama también “Llena de gracia”, de modo que reúne en sí misma la combinación admirable de dos dones jamás hechos a creatura alguna: ser, al mismo tiempo, concebida sin la mancha de la malicia del pecado original y estar inhabitada por el Espíritu Santo. La razón por la cual la Virgen recibió estos dones, fue que Dios Uno y Trino la pensó y la ideó, desde toda la eternidad, para que Ella fuera la Madre de Dios, al concebir en su seno virginal al Verbo de Dios, que habría de encarnarse en la plenitud de los tiempos para redimir al hombre. Puesto que la Virgen debía alojar en su seno al Verbo Eterno del Padre, el Verbo Purísimo de Dios, no podía la Virgen estar contaminada ni siquiera con la más pequeñísima mancha de pecado, y por ese motivo fue concebida como Inmaculada Concepción, para que Ella, Toda Pulcra y transparente, recibiera en su mente, en su Corazón Inmaculado, y en su cuerpo virginal, al Verbo de Dios encarnado. Y fue concebida inhabitada por el Espíritu Santo porque debía alojar al Hijo del Eterno Padre, que junto con el Padre, tanto como Dios que como Hombre, es Emisor del Espíritu Santo, y puesto que debía alojar en su seno purísimo al Emisor del Paráclito, la Virgen debía estar Ella misma inhabitada por el mismo Espíritu Santo, porque el Emisor del Espíritu, el Verbo de Dios, debía encontrar en su seno maternal, al encarnarse, la misma Pureza, el mismo candor y el mismo Amor que poseía en el seno de Dios Padre en la eternidad. Por este misterio de la Madre de Dios, misterio de tu Amor incomprensible e inagotable y por el cual la creaste como Inmaculada Concepción y como Llena de gracia, te damos gracias, oh Jesús Eucaristía, Dios de toda santidad y majestad, y también te pedimos perdón y reparamos por quienes niegan el dogma de la Inmaculada Concepción.      


 Segundo Misterio: La visita de María a su prima Santa Isabel


Meditación


Jesús, la Virgen es llamada “Madre de Dios”, porque te dio a luz a Ti, Hijo eterno del Padre, Persona Segunda de la Santísima Trinidad. La Virgen es Virgen y Madre al mismo tiempo, porque su maternidad no es una maternidad más entre tantas: es la maternidad de la Madre de Dios y la Madre de Dios se convirtió en Madre sin dejar por eso de ser Virgen, porque en la concepción de su Hijo Dios no intervino hombre alguno. Por este motivo, la Virgen, que es Madre de Dios al mismo tiempo, fue Virgen antes del parto y durante el parto y continúa y continuará siendo Virgen por toda la eternidad. No podía, la Madre de Dios, concebir y dar a luz al Hijo de Dios, sin dejar de ser Virgen, porque la Madre de un Dios tan admirablemente puro, majestuoso y excelso, no podía estar contaminada por las impurezas propias del amor humano, sometido a la concupiscencia y a las pasiones. Al dar a luz y convertirse en Madre sin dejar de ser Virgen, María Santísima se comportó de la misma manera a como se comporta un diamante en relación a la luz: el diamante, roca cristalina, atrapa a la luz, la condensa en su interior y sólo después la emite y ésa es la razón de su brillantez; en la Encarnación, la Virgen recibió en su mente, en su Corazón Inmaculado y en su seno virginal, al Verbo de Dios hecho carne, para darle de sus nutrientes y tejerle un cuerpo con su propia carne y sangre, como hace toda madre con su hijo recién concebido, y como su Hijo, Dios encarnado, es la “Luz de Luz”, porque es Dios Hijo que procede del Padre al ser engendrado en su seno, en la eternidad, la Virgen recibe esta Luz divina que es su Hijo Jesús y la aloja en su útero, y la condensa por nueve meses, para luego darla al mundo en el parto milagroso a esta Luz eterna, y puesto que se comporta como un diamante con la luz, la Virgen y Madre de Dios es también llamada “Diamante del cielo”, que emite la Luz divina, Jesucristo, Luz que habría de derrotar definitivamente, de una vez y para siempre, por el Santo Sacrificio de la Cruz, a las tinieblas del pecado, de la ignorancia, de la muerte y del Infierno. Pero la Perpetua Virginidad de María representa para los cristianos, no solo el modelo de la castidad y de la virginidad corporales, necesarios para la vida de la gracia, sino también representa la pureza de la mente, que solo se deja atraer por la Verdad Absoluta del Verbo de Dios encarnado, y rechaza por lo tanto todo error, toda herejía, toda mentira, y toda doctrina gnóstica y pagana, que la aleje de Jesucristo, Verdad y Sabiduría del Padre, y representa también la pureza del corazón, pureza por la cual el alma solo desea amar a Dios Uno y Trino y nada más que a Él, y si algo ama que no sea Él, lo hace en su Amor, por su Amor, para su Amor, y por lo tanto no contamina su corazón con ningún otro Amor que no sea le Amor del Espíritu Santo, y es esto lo que está representado en la Perpetua Virginidad de María. Por este misterio de Tu Madre, que es Madre de Dios y Virgen al mismo tiempo y lo continuará siendo por los siglos sin fin, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el dogma de la Perpetua Virginidad de María, y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra, y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.


Tercer Misterio: El nacimiento de Jesús.


Meditación


Jesús, la Virgen es tu Madre y puesto que Tú eres Dios Eterno por los siglos, la Virgen es “Madre de Dios”, porque Te dio a luz a Ti, en el tiempo, Persona Segunda de la Trinidad. Pero además de ser Madre de Dios, la Virgen es Madre de todos los hombres, porque Tú en la Cruz nos la diste como verdadera Madre celestial, al decirle a Juan: “Hijo, he ahí a tu Madre” (Jn 19, 26) y a nosotros nos hiciste ser hijos de la Virgen al pie de la cruz, cuando le dijiste: “Madre, he ahí a tu hijo”. La Virgen es Madre de todos los hombres nacidos por la gracia a la vida nueva de los hijos de Dios, mediante el bautismo. Al recibir de parte de Jesús este don y este encargo de ser la Madre de todos los hombres, la Virgen nos toma a su cargo y hace con nosotros lo mismo que hizo con su Hijo Jesús: como a niños pequeños recién nacidos, nos toma entre sus brazos, nos cubre con su manto virginal, nos acuna y nos estrecha suavemente, con amor maternal, contra su Inmaculado Corazón, para que escuchemos sus latidos, y para que sus latidos, que laten al ritmo del Amor del Espíritu Santo, nos calman y nos transmiten la paz, en medio del fragoroso estruendo del mundo sin Dios; como a su Hijo Jesús, la Virgen, que es nuestra Madre, nos acompaña a lo largo de la vida, intercediendo por nosotros y concediéndonos todas las gracias necesarias para crecer, como Jesús, “en sabiduría y gracia”, y nos alimenta con Pan y leche: Pan de Vida eterna y la leche de la Sabiduría Divina; durante toda la vida, igual que su hizo con su Hijo Jesús, la Virgen nos acompaña a lo largo del Camino Real de la Cruz, y con su mirada y su amor maternal y celestial, nos ayuda a llevar la cruz hasta la cima del Monte Calvario, para que unidos a la Pasión y Muerte en cruz de Jesús, muramos al hombre viejo, nazcamos a la vida nueva de los hijos de Dios, y viviendo en el amor de Cristo y obrando la misericordia, nos hagamos merecedores de entrar en el Reino de Jesús, e intercede por nosotros, pecadores, en la hora de nuestra muerte, para que Jesús se apiade de nuestras almas y nos conceda la gracia de la eterna salvación, y esto lo hace porque, como toda madre, que desea estar siempre con sus hijos, porque los ama con locura, así también la Virgen, que es nuestra Madre, desea estar con nosotros, para siempre, en la vida eterna, y para eso es que nos ayuda a llevar la cruz de todos los días, siguiendo a su Hijo Jesús. Por este misterio de Tu Madre, que es Virgen y Madre de Dios al mismo tiempo y es también Nuestra Madre amantísima del cielo, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el dogma de la Maternidad Divina de María, y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra, y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.


Cuarto Misterio: Presentación de Jesús en el templo. 


Meditación


La Virgen fue asunta en cuerpo y alma a los cielos, sin pasar por el trance de la muerte, y esto se debe a que su cuerpo y su alma, inmaculados y llenos de gracia, poseían de tal grado el principio de vida divina, la gracia santificante, que no sufrieron la separación, que es lo que ocurre en la muerte. La Virgen no podía morir, y de hecho no murió, sino que fue Asunta a los cielos, y eso se debió a que poseía en tal medida la gracia santificante, que su estado de gracia la condujo, en el instante en que debía morir, de modo inmediato, al estado de gloria. La Virgen pasó del estado de gracia plena en esta vida temporal, al estado de glorificación del cuerpo y del alma en la vida eterna, en el momento preciso en que debía morir, y esto sucedió porque no podía sufrir la muerte, consecuencia del pecado original, Aquella que había concebido en su seno virginal al Dios que es la Vida Increada en sí misma. El hecho de poseer la Virgen, la gracia en un grado que supera infinitamente a ángeles y santos, le permitió vencer a la muerte, consecuencia del pecado, porque la gracia de la que Ella estaba plena y que le había sido concedida en virtud a los méritos de su Hijo en la cruz, es principio vital y de vida divina, y la vida divina de la que hace partícipes la gracia, es infinitamente superior a la muerte. La Asunción de la Virgen, o Dormición, representa entonces el fruto preciosísimo del sacrificio en cruz de Jesús, porque la Virgen venció a la muerte y fue Asunta en cuerpo y alma a los cielos, porque poseía la gracia santificante que su Hijo, Dios eterno, había conseguido para Ella y para toda la humanidad con su sacrificio redentor. La Asunción de la Virgen representa también, junto con la Ascensión de Jesús, el signo de esperanza para los hijos de la Iglesia que peregrinamos en el desierto de la vida, porque así como Ella fue Asunta, así también los hijos de la Iglesia también esperamos, luego de nuestra muerte, ser asuntos en cuerpo y alma a los cielos, para disfrutar el gozo de contemplar cara a cara a Dios Uno y Trino por toda la eternidad. Por este misterio de Tu Madre, que fue Asunta a los cielos en cuerpo y alma, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el dogma de la Asunción de María y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.



 Quinto Misterio: Jesús perdido y hallado en el templo entre los doctores de la ley.


Meditación


La Virgen es Corredentora, porque Ella participó de la Pasión de su Hijo, sufriendo en su alma y en su Corazón Inmaculado todos los dolores que su Hijo padecía en la Pasión y porque Ella, al pie de la cruz, ofreció al Padre a su Hijo crucificado, implorando que acepte su sacrificio por la redención de los hombres. Al participar de su Pasión y al asociarse a su Hijo Jesús a su sacrificio redentor, la Virgen se convirtió, junto con su Jesús,  Redentor de los hombres, en Corredentora, Ella también, de la humanidad. Afirmar y creer en la Corredención de María, no es por lo tanto, detrimento o menosprecio de Jesús; por el contrario, ensalza y exalta a Jesús como Redentor, porque si María nos salva, es porque Jesús es el Salvador. La fe en la Virgen como Corredentora no es, por lo tanto, una mera cuestión devocional: en este misterio se expresa el Amor infinito de Dios, que para salvarnos, no duda en hacerlo a través de una Madre y Virgen; esto quiere decir que Dios nos ama tanto, que para darnos su Amor redentor y salvífico, eligió al amor maternal para unirnos a Él, porque quien tiene a la Virgen por Madre, tiene a su Madre por Salvadora; quien se refugia en el Corazón de su Madre del cielo, no cumple un mero gesto de devoción: al mismo tiempo que ama a su Madre celestial, obtiene la salvación de su alma por medio de su mismo amor maternal, porque la Madre que lo ama, la Virgen, es, además de Madre, Salvadora de la humanidad junto a su Hijo Jesús y esa Madre que refugia a su hijo adoptivo en su Corazón Inmaculado, no dejará de mover cielo y tierra, para salvarlo y conducirlo al cielo. La Virgen es Corredentora además, porque Ella aplastó la cabeza de la Serpiente Antigua, como lo anuncia el Génesis –“Ella te aplastará la cabeza”- y aplasta a la cabeza de la Serpiente, con la fuerza demoledora de la omnipotencia divina, comunicada y participada a Ella por ser la Virgen y Madre de Dios y, por lo mismo, Corredentora de la humanidad. Por este misterio de Tu Madre que, por participar de tu Pasión, por ofrecerte al Padre para la salvación de los hombres y por aplastar la cabeza del Dragón Rojo, la Serpiente Antigua, el Diablo o Satanás, venciéndolo con el poder divino, es Corredentora de la humanidad, te damos gracias, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y también reparamos y pedimos perdón por quienes niegan y combaten el hecho de que la Virgen sea Corredentora y te pedimos, para ellos y nosotros, una comprensión celestial acerca de este sublime misterio, de modo que podamos contemplarlo y venerarlo en la tierra y gozar del fruto de su virginidad y maternidad divina en el cielo, Tú mismo, oh Jesús, Dios Hijo encarnado para nuestra salvación. Amén.


         Meditación final


         Jesús, debemos ya retirarnos, pero deseamos quedar, sin embargo, ante tu Presencia sacramental, día y noche, y para ello, dejamos nuestros corazones a los pies del sagrario, para que la Virgen, Madre y Maestra de Adoradores Eucarísticos, los custodie y los mantenga libres de las influencias del mundo y de las asechanzas del Príncipe de las tinieblas, y si en algún momento las seducciones del mundo o las trampas del Tentador nos distrajeran de tu Presencia, te pedimos, oh Jesús, que hagas que la Virgen los estreche contra su Inmaculado Corazón, para que sintiendo sus dulces latidos maternales, que a cada latido nos hablan del Amor de Dios, seamos capaces de rechazar todo cuanto nos aparte de Ti, para que así nos encontremos siempre, día y noche, ante tu Presencia sacramental, en el tiempo que nos queda de vida terrena, para luego contemplar tu Santa Faz cara a cara y gozarnos y alegrarnos en Ti, por toda la eternidad. Que la Virgen, que es la Inmaculada Concepción, que es Virgen y Madre de Dios, que es Asunta a los cielos y que es Corredentora, nos conceda esta gracia, por los méritos infinitos de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Amén.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.




martes, 30 de agosto de 2016

La Paciencia, don de Dios

Tratado sobre la paciencia - San Agustín

LA PACIENCIA
CAPÍTULO I

La paciencia de Dios

1. La virtud del alma que se llama paciencia es un don de Dios tan grande, que Él mismo, que nos la otorga, pone de relieve la suya, cuando aguarda a los malos hasta que se corrijan. Así, aunque Dios nada puede padecer, y el término paciencia se deriva de padecer (patientia,a patiendo), no solo creemos firmemente que Dios es paciente, sino que también lo confesamos para nuestra salvación. Pero ¿quién podrá explicar con palabras la calidad y grandeza de la paciencia de Dios, que nada padece pero tampoco permanece impasible, e incluso aseguramos que es pacientísimo? Así pues, su paciencia es inefable como lo es su celo, su ira y otras cosas parecidas. Porque si pensamos estas cosas a nuestro modo, en Él, ciertamente, no se dan así. En efecto, nosotros no sentimos ninguna de estas cosas sin molestias, pero no podemos ni sospechar que Dios, cuya naturaleza es impasible, sufra tribulación alguna. Así, tiene celos sin envidia, ira sin perturbación alguna, se compadece sin sufrir, se arrepiente sin corregir una maldad propia. Así es paciente sin pasión. Pero ahora voy a exponer, en cuanto el Señor me lo conceda y la brevedad del presente discurso lo consienta, la naturaleza de la paciencia humana de modo que podamos comprenderla y también procuremos tenerla.

CAPÍTULO II

La auténtica paciencia humana y su utilidad

2. La auténtica paciencia humana, digna de ser alabada y de llamarse virtud, se muestra en el buen ánimo, con el que toleramos los males, para no dejar de mal humor los bienes que nos permitirán conseguir las cosas mejores. Pues los impacientes, cuando no quieren padecer cosas malas, no consiguen escapar de ellas, sino sufrir males mayores. Pero los que tienen paciencia prefieren soportar los males antes que cometerlos y no cometerlos antes que soportarlos, aligeran el mal que toleran con paciencia y se libran de otros peores en los que caerían por la impaciencia. Pues los bienes eternos y más grandes no se pierden mientras no se rinden a los males temporales y mezquinos: porque no son comparables los padecimientos de esta vida con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros. Y también: lo que en nuestra tribulación es temporal y leve, de una forma increíble, nos produce un peso eterno de gloria.

CAPÍTULO III

La paciencia de los malvados

3. Veamos, pues, carísimos, qué duros trabajos y dolores soportan los hombres por las cosas que aman, viciosamente, y cómo se juzgan más felices con ellas cuanto más infelizmente las codician. ¡Qué de cosas peligrosísimas y muy molestas afrontan, con suma paciencia, por unas falsas riquezas, unos vanos honores o unas pueriles satisfacciones! Los vemos hambrientos de dinero, de gloria y de lascivia, y, para conseguir esas cosas, tan deseadas y una vez adquiridas no carecer de ellas, soportar, no por una necesidad inevitable sino por una voluntad culpable, el sol, la lluvia, los hielos, el mar y las tempestades más procelosas, las asperezas e incertidumbres de la guerra, golpes y heridas crueles, llagas horrendas. E, incluso, estas locuras les parecen, en cierto modo, muy lógicas.

CAPÍTULO IV

Todo eso lo alaban los necios

Efectivamente, se piensa que la avaricia, la ambición, la lujuria y otros mil pasatiempos más son cosas inocentes mientras no sirvan de pretexto para cometer algún delito o un crimen prohibido por las leyes humanas. Es más, cuando alguien soportó grandes trabajos y dolores, sin cometer fraude, para adquirir o aumentar su dinero, para alcanzar o mantener sus honores, o para luchar en la palestra o cazar, o para exhibir algo plausible en el teatro, no parece una nonada dejar sin reprensión esa vanidad popular, sino que es exaltada con las mayores alabanzas, como está escrito: porque se alaba al pecador en los apetitos de su alma. Pues la fuerza de los deseos lleva a tolerar trabajos y dolores, y nadie acepta espontáneamente lo que causa dolor, sino por aquello que causa placer. Mas, como digo, se juzgan lícitas y permitidas por las leyes, esas apetencias por las que soportan, con la mayor paciencia, trabajos y asperezas, los que inflamados por ellas tratan de satisfacerlas.

CAPÍTULO V

Aguante feroz de Catilina y los malhechores

4. ¿Y qué decir, cuando los hombres soportan grandes calamidades, no para castigar crímenes notorios sino para perpetrarlos? ¿No nos cuentan los escritores de literatura civil de cierto nobilísimo parricida de la patria que podía soportar el hambre, la sed y el frío, y que su cuerpo podía tolerar el ayuno, el frío, el insomnio más de lo que nadie pudiera creer? ¿Y qué diré de los ladrones que, cuando acechan a los viandantes, pasan noches sin dormir, y para asaltar a los inocentes transeúntes someten su alma dañada y su cuerpo a todas las inclemencias del cielo? Algunos de ellos se atormentan entre sí con tal rigor, que su entrenamiento para los castigos en nada difiere de los castigos, pues tal vez no los tortura tanto el juez para arrancarles la verdad como los torturan sus cómplices para que no canten en el tormento. Y, sin embargo, en todo esto, la paciencia es cosa más de admirar que de alabar, mejor dicho, no es de admirar ni de alabar, porque no es tal paciencia. Es una terquedad admirable, pero no se trata de paciencia. Aquí no hay, justamente, nada que alabar, nada útil para imitar. Y, si juzgamos rectamente, un alma es digna de tanto mayor suplicio cuanto más somete a los vicios los medios de la virtud. La paciencia es compañera de la sapiencia, no esclava de la concupiscencia; es amiga de la buena conciencia, no enemiga de la inocencia.

CAPÍTULO VI

La causa distingue la verdadera paciencia de la falsa

5. Así pues, cuando veas que alguien tolera algo pacientemente, no te apresures a alabar su paciencia mientras no aparezca el motivo de su padecer. Cuando éste es bueno, aquélla es verdadera; cuando éste no se mancha con la codicia, entonces aquélla se aparta de la falsedad; cuando aquél se hunde en el crimen, entonces se yerra en darle a ésta el nombre de paciencia. Pues, así como todos los que saben participan de la ciencia, no todos los que padecen participan de la paciencia, sino que los que viven rectamente su pasión, ésos son alabados como verdaderos pacientes, y son coronados con el galardón de la paciencia.

CAPÍTULO VII

Si tanto se aguanta por lo temporal,

cuánto más por lo eterno

6. Los humanos, por esta vida temporal y su salud, toleran males horrendos, de modo admirable, incluso por sus pasiones y sus crímenes, así nos amonestan cuánto hemos de sufrir por una vida buena, para que luego pueda ser eterna, y sin ningún límite de tiempo ni detrimento de nuestro interés, con una felicidad verdadera y segura. El Señor ha dicho: en vuestra paciencia poseeréis vuestras almas. No dijo: Poseeréis vuestras fincas, vuestras honras y vuestras lujurias, sino vuestras almas. Si tanto sufre el alma para alcanzar la causa de su perdición, ¿cuánto debe sufrir para no perderse? Y, para mencionar algo que no es pecaminoso, si tanto sufre por la salud de su cuerpo en las manos de los médicos que cortan o cauterizan, ¿cuánto debe sufrir por su salvación entre los arrebatos de sus enemigos? Los médicos tratan el cuerpo con tormentos para que no muera, pero los enemigos nos amenazan con castigos y la muerte corporal, para empujarnos al infierno donde mueran cuerpo y alma.

7. Verdad es que miramos más prudentemente por el propio cuerpo cuando despreciamos su salud temporal, por la justicia, y por la justicia toleramos con paciencia los castigos y la muerte. Porque de la redención última y definitiva del cuerpo habla el Apóstol cuando dice: dentro de nosotros, gemimos, esperando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo. Después prosigue: en esperanza hemos sido salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza, ya que lo que uno ve, ¿cómo lo espera?, y si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos.

CAPÍTULO VIII

Práctica de la paciencia en el cuerpo y el alma

8. Así pues, cuando nos torturan algunos males pero no nos destruyen las malas obras, no solo poseemos nuestra alma por la paciencia, sino que cuando por la paciencia se aflige y se sacrifica el cuerpo temporalmente, se lo recupera con una salud y una seguridad eterna, y por el dolor y la muerte se conquista una salud inviolable y una inmortalidad feliz. Por eso, Jesús, al exhortar a sus mártires a la paciencia, les prometió también la integridad futura del mismo cuerpo que no ha de perder, no digo ya un miembro, sino ni siquiera un pelo: En verdad os digo, dice, que no perecerá un cabello de vuestra cabeza. Y como dice el Apóstol: nadie tuvo jamás odio a su carne. Vele, pues, el hombre fiel más por la paciencia que por la impaciencia, por la salud de su carne y compare los dolores del presente, por grandes que sean, con la inestimable ganancia de la incorrupción futura.

Así pues, aunque la paciencia sea una virtud del espíritu, el alma ha de practicarla tanto en sí misma como en su cuerpo. En sí misma se practica la paciencia cuando, mientras el cuerpo permanece ileso e intacto y se lo incita a una acción desafortunada, como una torpeza de obra o se le invita de palabra a ejecutar o decir algo que no es conveniente o decente, y sufre con paciencia todos los males para no cometer mal alguno de palabra o de obra.

CAPÍTULO IX

La paciencia del espíritu

Por esta paciencia toleramos el que nuestra felicidad se difiera, en medio de los escándalos de este mundo, aun cuando nuestro cuerpo permanezca sano. Por eso, se dijo lo que antes recordé: si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos. Con esta paciencia toleró el santo rey David los oprobios de quien le injuriaba; y, pudiendo vengarse con facilidad, no solo no lo hizo sino que reprimió a otro que se dolió y sobresaltó por él; y ejercitó su poder real más bien para prohibir la venganza que para ejecutarla. Entonces su cuerpo no estaba afligido por enfermedad o herida alguna, pero se reconocía el tiempo de la humillación y se aceptaba la voluntad divina por la que se bebía, con espíritu paciente, la amargura de las afrentas. Esta paciencia nos enseñó el Señor cuando, irritados los siervos por la mezcla de la cizaña y queriendo arrancarla, dio la contestación del paterfamilias: dejad que ambas crezcan hasta la siega. Conviene soportar con paciencia lo que no se puede suprimir sin violencia. El mismo Jesús nos presentó y mostró el ejemplo de esa paciencia cuando, antes de la pasión de su cuerpo, toleró los hurtos de su discípulo Judas, antes de declararle traidor; y antes de experimentar las cadenas, la cruz y la muerte, no negó el ósculo de paz a los labios falsos de su discípulo. Todo esto y mucho más, que sería largo citar, corresponde a esa especie de paciencia con que el alma tolera pacientemente, en sí misma, no sus pecados, sino cualquier mal exterior, conservando intacto su cuerpo.

CAPÍTULO X

La paciencia en los males exteriores

Hay otra especie de paciencia por la que el alma tolera cuanto de molesto y áspero ocurre en los padecimientos del cuerpo. Pero no como los necios y hombres malos, que sufren para conseguir vanidades o perpetrar crímenes, sino por la justicia, como lo definió el Señor. Con ambos modos de paciencia lucharon los santos mártires, pues los impíos los llenaron de oprobios y de ese modo el alma sola toleró sus llagas, quedando allí intacto el cuerpo. Pero también ataron sus cuerpos, los encarcelaron, los afligieron con hambre y sed, los atormentaron, los cortaron, los despedazaron, los quemaron y asesinaron. Ellos, en su piedad inconmovible, sometieron su alma a Dios mientras padecían, en su carne, cuanto a los crueles sayones les venía a la cabeza.

10. Pero mayor es el combate de la paciencia cuando no se trata de un enemigo visible, que con la persecución y el furor incita al mal, y que resulta vencido pública y abiertamente por el mártir que se niega a consentir. Se trata del mismo diablo que se vale de los hijos de la infidelidad, como de sus propios instrumentos, para perseguir a los hijos de la luz, mientras combate también por sí mismo ocultamente y empuja con furor para que se diga o haga algo contra Dios.

CAPÍTULO XI

Paciencia del santo Job

El santo Job toleró a este demonio cuando fue atormentado con ambas tentaciones, pero en ambas salió victorioso con el vigor constante de la paciencia y con las armas de la piedad. Primero perdió cuanto tenía, pero con el cuerpo ileso, para que cayese el ánimo, antes de atormentarle en la carne, al quitarle las cosas que más suelen estimar los hombres, y dijese contra Dios algo, al perder aquellas cosas por las que se pensaba que Job servía a Dios. Fue afligido también con la pérdida instantánea de todos sus hijos, de modo que los que recibió uno a uno, los perdiera de una vez, como si su mayor número no se le hubiera otorgado para mostrar la plena felicidad, sino para acumular calamidad. Al padecer todas estas cosas, permaneció inconmovible en su Dios, apegado a su divina voluntad, pues a Dios no podía perderle sino por su propia voluntad. Perdió las cosas, pero retuvo al que se las quitó para encontrar en él lo que permanece para siempre. Pues tampoco se las había quitado el que tuvo voluntad de dañar, sino el que había dado la potestad de tentar.

CAPÍTULO XII

Job fue más cauto que Adán

Entonces el enemigo se ensañó con el cuerpo, no en las cosas externas al hombre, sino que hirió, cuanto pudo, al hombre mismo. De la cabeza a los pies ardían los dolores, manaban los gusanos, corría la purulencia. Pero el espíritu permanecía íntegro en un cuerpo pútrido y toleró, con una piedad inviolable y una paciencia incorruptible, los horribles suplicios de la carne que se corrompía. La esposa estaba presente, pero no ayudaba nada al marido, sino que más bien le impulsaba a blasfemar contra Dios. No se la había llevado el diablo con los hijos como hubiera hecho un ingenuo en el arte de hacer daño, pues en Eva había aprendido cuán necesaria era la esposa al tentador. Sólo que ahora no encontró otro Adán a quien pudiera seducir por medio de la mujer. Más cauto fue Job en los dolores que Adán entre flores. Éste fue vencido en las delicias, aquél venció en las penas, éste consintió en la dulzuras, aquél resistió en la torturas. Estaban también presentes los amigos, pero no para consolarle en el mal, sino para hacerle sospechoso del mal. Pues no podían creer que el que tanto padecía pudiera ser inocente, y su lengua no callaba lo que su conciencia ignoraba. Así, entre los crueles tormentos del cuerpo, el alma se cubría de falsos oprobios. Pero Job toleró en su carne los propios dolores, y en su corazón los ajenos errores. A la esposa corrigió en su insensatez, y a los amigos enseñó la sapiencia, y en todo conservó la paciencia.

CAPÍTULO XIII

La impaciencia de los donatistas

10. Miren este ejemplo: los que a sí mismos se propinan la muerte cuando son invitados a la vida, y al quitarse la vida presente renuncian a la futura. Pues si fuesen obligados a negar a Cristo o hacer algo contra la justicia, como los verdaderos mártires, todo lo deberían soportar con paciencia antes de suicidarse con impaciencia. Si el suicidio pudiera admitirse, para huir de las calamidades, el mismo santo Job se habría suicidado para huir de tantos males, de la crueldad diabólica contra sus bienes, sus hijos y sus miembros. Pero no lo hizo. Lejos de nosotros pensar que un varón prudente haría en sí mismo lo que ni siquiera sugirió la mujer imprudente. Si lo hubiera sugerido, hubiese tenido que escuchar lo que escuchó cuando sugirió la blasfemia: has hablado como una mujer necia. Si hemos recibido de manos del Señor los bienes, ¿no hemos de aceptar los males?.Y, si Job hubiese perdido la paciencia, ya blasfemando como ella pretendía, ya suicidándose como ella no se atrevió a sugerir, entonces hubiese muerto, y sería contado entre aquellos de los que se dijo: ¡Ay de los que perdieron la paciencia!. En lugar de evitar el castigo, lo hubiera aumentado, pues, tras la muerte de su cuerpo, hubiera incurrido en el suplicio de los blasfemos, de los homicidas y de los que son más que parricidas. Pues un parricida es más criminal que un homicida, pues no mata solo a un hombre, sino también a un allegado; y entre los parricidas tanto es uno más criminal cuanto más allegado es aquel a quien mata. Pues peor es, sin duda, el suicida, ya que nadie es tan cercano al hombre como el hombre mismo. ¿Qué es, pues, lo que hacen esos infelices que con el suicidio buscan la gloria de los mártires? Aquí sufren las penas que ellos mismos se infligen y después sufrirán las que les son debidas por su impiedad contra Dios y por la crueldad que contra sí mismos ejercieron. Si sufrieran persecución por dar verdadero testimonio de Cristo, y se suicidaran para huir de los perseguidores, con razón se les diría: ¡Ay de los que perdieron la paciencia! ¿Cómo se daría un premio justo a la paciencia si se corona el dolor con la impaciencia? ¿O cómo se tendrá por inocente al que se dijo: Amarás al prójimo como a ti mismo, si comete homicidio contra sí mismo, cuando se le prohíbe cometerlo contra el prójimo?

CAPÍTULO XIV

La paciencia de los justos

11. Oigan, pues, los santos los preceptos de paciencia que da la Escritura santa: Hijo, al entrar al servicio de Dios, mantente en justicia y temor, y prepara tu alma para la tentación. Humilla tu corazón y aguanta, para que, al final, florezca tu vida. Acepta todo lo que te sobrevenga, aguanta en el dolor y sé paciente con humildad. Porque se prueba a fuego el oro y la plata, pero los hombres se hacen aceptables en el camino de la humillación. Y en otro lugar se dice: Hijo, no decaigas en la disciplina del Señor ni desmayes cuando seas reprendido por Él. Pues al que Dios ama, le castiga; y azota a todo hijo que le es aceptable. Aquí se dice hijo aceptablecomo arriba se dijo hombres aceptables. Pues es muy justo que los que fuimos expulsados de la felicidad primera del paraíso, por una apetencia contumaz de las delicias, seamos aceptados de nuevo por la paciencia humilde de los trabajos. Hemos sido fugitivos por hacer el mal, pero seremos acogidos por padecer el mal. Porque allí delinquimos contra la justicia, y aquí sufrimos por la justicia.

CAPÍTULO XV

La paciencia, don de Dios

12. Pero hay que averiguar de dónde procede la verdadera paciencia que es digna del nombre de esa virtud. Hay quienes la atribuyen a las fuerzas de la voluntad humana, no las que proceden de la ayuda divina, sino las que tiene por su libre albedrío. Pero este es un error soberbio, propio ricos, de los que se dice en el salmo:oprobio para los ricos y humillación para los soberbios. No es esta lapaciencia de los pobres, que no perecerá jamás. Estos pobres reciben la paciencia de aquel rico a quien decimos: tú eres mi Dios porque no necesitas de mis bienes. De Él procede todo regalo óptimo y todo don perfecto. A Él clama el menesteroso y el pobre, que alaba su nombre, y pidiendo, llamando y buscando, dice: Dios mío, líbrame de la mano del pecador, y de la mano del trasgresor de la ley y del malvado. Porque tú eres mi paciencia, Señor, esperanza mía desde mi juventud. Los que van sobrados y se avergüenzan de mendigar a Dios para no recibir de Él la verdadera paciencia, se glorían de la suya, que es falsa, y quieren confundir el consejo del pobre porque Dios es su esperanza. No se acuerdan que son hombres y que pagan excesivo tributo a su voluntad, que es humana; por eso incurren en lo que está escrito: maldito el hombre que pone su confianza en el hombre. Por lo que, aunque toleren con una voluntad tan soberbia cosas duras y ásperas, para complacer a los hombres o para no sufrir cosas peores o para su propia complacencia o por amor de su presunción, hay que decir de su paciencia lo que el apóstol Santiago dice de cierta sabiduría: esta sabiduría no desciende de arriba, sino que es terrena, animal y diabólica. ¿Por qué no ha de ser falsa la paciencia de los orgullosos como lo es su sabiduría? El que da la verdadera sabiduría da también la verdadera paciencia. A Él es a quien canta aquel pobre de espíritu: A Dios está sujeta mi alma porque de Él procede mi paciencia.

CAPÍTULO XVI

La voluntad se basta para la injusticia, no para la justicia

13. Pero replicarán algunos y dirán: Si la voluntad humana, sin el auxilio de Dios, con las solas fuerzas del libre albedrío, realiza tantas fechorías y delitos, ya en el alma ya en el cuerpo, para gozar de esta vida mortal y del deleite del pecado, ¿por qué esa voluntad, con esas mismas fuerzas del libre albedrío y sin requerir la ayuda divina, no se ha de bastar a sí misma, con sus posibilidades naturales para tolerar, con perfecta paciencia, por la justicia y la vida eterna, cuantos trabajos y dolores se presenten? Si se basta la voluntad de los malvados, sin la ayuda de Dios, para ejercitarse en los tormentos, en pro de la iniquidad, antes de ser atormentados por extraños, y es apta la voluntad de los amantes del destierro de esta vida para perseverar, sin la ayuda de Dios, en la mentira, entre los tormentos más atroces y prolongados, para evitar una muerte que les amenaza si confiesan sus crímenes, ¿no será la voluntad capaz, si no le prestan la fuerza de lo alto, de tolerar cualquier dolor por el encanto de la justicia o por amor a la vida eterna?

CAPÍTULO XVII

La caridad es la fortaleza de los justos

14. Los que así hablan no entienden que el inicuo es tanto más duro para tolerar cualquier aspereza cuanto mayor es, en él, el amor del mundo, y que el justo es tanto más fuerte para tolerar cualquier aspereza cuanto mayor es, en él, el amor de Dios. Ahora bien, el amor del mundo tiene su origen en el albedrío de la voluntad, su crecimiento en el deleite del placer y su confirmación en el lazo de la costumbre. En cambio, la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones, no de nuestra cosecha, sino por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Así pues, la paciencia de los justos procede de aquel que difunde en ellos la caridad. Al alabar y recomendar esa caridad, el Apóstol dice de ella, entre otros elogios, que todo lo tolera: la caridad, dice, es magnánima. Y poco después:todo lo tolera. Luego cuanto mayor es, en los santos, la caridad de Dios, tanto más tolera por el Amado; y cuanto mayor es en los pecadores el amor del mundo, tanto más tolera por lo codiciado. Y por eso, el origen de la paciencia verdadera de los justos es el mismo que el origen de la caridad de Dios en ellos. Y la fuente de la paciencia falsa de los malvados es la misma que la fuente del amor al mundo que hay en ellos. Y por eso dice el apóstol Juan: no améis al mundo ni las cosas que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y ambición del siglo, cosas que no proceden del Padre, sino del mundo. Cuanto más violenta y ardiente fuere en el hombre esa concupiscencia, que no procede del Padre, sino del mundo, tanto mejor se tolerarán la molestias y dolores por lo que se desea. Y por tanto, como ya dijimos, esta paciencia no desciende de arriba. En cambio, la paciencia de los hombres piadosos viene de arriba, desciende del Padre de las luces. Por tanto, aquélla es terrena, ésta celeste, aquélla animal, ésta espiritual, aquélla diabólica ésta deífica. Porque la concupiscencia, que hace que los pecadores sufran todo con pertinacia, es del mundo, pero la caridad, que hace que los que viven rectamente toleren todo con fortaleza, es de Dios. Por eso, para esa paciencia falsa puede bastar la voluntad humana, sin la ayuda divina, y es tanto más fuerte cuanto más apasionada, y tanto mejor tolera los males cuanto ella se hace peor. Por el contrario, para la paciencia verdadera no se basta la voluntad humana si no es ayudada e inflamada desde arriba, porque el Espíritu Santo es su fuego, y si no se enciende con él, para amar el bien impasible, no puede tolerar el mal que padece.

CAPÍTULO XVIII

La verdadera paciencia procede de Dios, que es caridad

15. Según atestiguan los oráculos divinos: Dios es caridad, y quien permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él. Pero el que pretende poseer la caridad de Dios sin la ayuda de Dios, ¿qué otra cosa pretende sino que puede poseer a Dios sin Dios? ¿Quién dirá esto, siendo cristiano, cuando nadie, en su sano juicio, se atrevería a decirlo? La verdadera, piadosa, fiel paciencia dice exultante, según el Apóstol, por boca de los santos: ¿quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro o la espada? Como está escrito, que por ti somos mortificados todo el día y hemos sido destinados como ovejas a la muerte. Pero en todo esto vencemos, totalmente, por aquel que nos amó. No por nosotros, sino por aquel que nos amó. Luego continúa y añade: Pues estoy cierto que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni las potestades, ni el presente ni el futuro, ni la altura ni la profundidad, ni criatura otra alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro. Esta es aquella caridad que se ha difundido en nuestros corazones, no de nuestra cosecha, sino por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Por el contrario, la concupiscencia de los malos, de la que proviene su falsa paciencia, no procede del Padre, sino del mundo, como dice el apóstol Juan.

CAPÍTULO XIX

¿La concupiscencia procede del mundo
o de la mala voluntad?

16. Quizá aquí diga alguien: Si la concupiscencia de los malos, por la cual toleran todos los males por el objeto apetecido, procede del mundo, ¿por qué se dice que procede de su voluntad? ¡Como si ellos mismos no fuesen del mundo, cuando aman al mundo, abandonando al que hizo el mundo! Pues: Sirven a la criatura antes que al Creador, que es bendito por los siglos. O, tal vez, por esto el apóstol Juan designó con el término "mundo" a los amantes del mundo, y entonces la voluntad del mundano procede, sin duda, del mundo. O, quizá, con este nombre designó el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene, esto es, el conjunto universal de la criaturas, y entonces la voluntad de la criatura es la del mundo, pues no es la del Creador. Por lo que el Señor dice a éstos: Vosotros sois de abajo, mientras que yo soy de arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Pero a los Apóstoles les dijo: si fueseis de este mundo, el mundo amaría lo que es suyo. Pero para que no se arrogasen más de lo que permitían sus posibilidades, pensando que este no ser del mundo era obra de la naturaleza y no de la gracia, añadió: y porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia. Por tanto, eran del mundo, pues para que no fuesen del mundo fueron elegidos del mundo.

CAPÍTULO XX

La gracia es previa a los méritos

17. El Apóstol nos presenta esa elección como una gracia, no por los méritos previos de unas buenas obras, cuando dice: en ese tiempo el resto han sido salvado por elección de gracia. Y, si por la gracia, ya no es por las obras, de otro modo la gracia ya no es gracia. Esta es la elección de gracia, es decir, la elección por la que los hombres son elegidos por gracia de Dios. Esta es, repito, la elección de la gracia por la que todos los buenos méritos del hombre se anticipan. Si se otorga por algún mérito bueno, ya no se da gratuitamente, sino según justicia, y entonces no está bien dado el nombre de gracia, porque, como dice también el mismo Apóstol:la paga no se da por gracia, sino que es lo que se debe. Para que sea verdadera gracia, esto es, gratuita, nada ha de encontrar en el hombre que se le deba por mérito, lo que se entiende muy bien en aquello que se dijo: Por nada fueron salvados. De hecho, es la gracia la que da los méritos, no se concede a los méritos. Pues previene incluso a la fe, de la que se originan las obras buenas, como está escrito: el justo vive de la fe. Además, esta gracia no solo socorre al justo, sino que también justifica al impío. Pero incluso cuando ayuda al justo y parece que es debida a sus méritos, tampoco deja de ser gracia, porque no hace sino coronar lo que ella misma donó. Pues por esta gracia, que precede todos los buenos méritos del hombre, no solo fue crucificado Cristo por los impíos, sino que murió por los impíos. Y, antes de morir, eligió a los Apóstoles, no porque fueran justos, sino para justificarlos, a los que dijo: yo os elegí del mundo. Al decirles: No sois del mundo, para que no pensaran que nunca habían pertenecido al mundo, en seguida les añadió: pero yo os elegí del mundo. Precisamente, el que no fuesen del mundo se les concedió en su elección. Puesto que si hubieran sido elegidos por su propia justicia y no por gracia, no hubieran sido elegidos del mundo, pues si ya hubieran sido justos ya no serían del mundo. En fin, si por ser justos hubieran sido elegidos, entonces ya habrían elegido ellos primero al Señor. ¿Pues quién puede ser justo sino porque elige la justicia? Mas, el fin de la ley es Cristo para todo el que cree en orden a la justicia. El cual se hizo para nosotros, por obra de Dios, sabiduría, justicia, santificación y redención; para que como está escrito, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor. Él es, pues, nuestra justicia.

CAPÍTULO XXI

También los antiguos se salvaron por la gracia
y por la fe, antes de la Encarnación

18. Por eso, los antiguos justos, antes de la Encarnación del Verbo, fueron justificados en esta fe de Cristo, en esta verdadera justicia que es para nosotros Cristo. Ellos creían futuro lo que nosotros creemos pasado; se salvaban por la gracia mediante la fe, no de su propia cosecha, sino por el don de Dios; y no por su obra para que no se engrieran. Pero todas sus buenas obras no previnieron la misericordia de Dios, sino que la acompañaron. Ellos, mucho antes de que Cristo viniese en carne, oyeron y escribieron: perdonaré a quien perdone y haré misericordia a quien haga misericordia. Ante esas palabras de Dios diría, mucho después, el apóstol Pablo: por tanto no es obra del que quiere ni del que corre, sino de Dios misericordioso. Mucho antes de que Cristo viniese en carne, dijeron ellos también: Dios mío, su misericordia me prevendrá. ¿Cómo podrían ser extraños a la fe de Cristo aquellos por cuya caridad se nos anunció a nosotros Cristo, sin cuya fe ningún mortal hubo, ni hay, ni habrá que pueda ser justo? Si Cristo hubiera elegido a los Apóstoles cuando ya eran justos, antes le habrían elegido ellos a Él para poder ser elegidos justos, pues sin Él no lo no habrían sido. Pero la cosa no fue así, por eso Él les dice: no me elegisteis vosotros, sino que yo os elegí. De ahí que dice el apóstol Juan: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero.

CAPÍTULO XXII

Sin la gracia, todos somos injustos

19. Siendo esto así, ¿qué es el hombre cuando usa, en esta vida, de su propia voluntad, antes de elegir y amar a Dios, sino un injusto y un impío? ¿Qué es, repito, esa criatura humana errante de su Creador, si el Creador no se acuerda de él y le elige y ama gratuitamente? Porque el hombre no puede elegir y amar si no es elegido y amado primero, para curarle, pues por su ceguera no ve lo que ha de elegir y por su debilidad le da náuseas lo que ha de amar. Pero quizá diga alguien: ¿Cómo elige y ama Dios primero a los inicuos para justificarlos, cuando está escrito: Odiaste, Señor, a todos los que obran iniquidad? ¿De qué manera creemos que sea sino de un modo admirable e inefable? De hecho, también podemos pensar que el buen médico odia y ama al enfermo, lo odia porque está enfermo y lo ama para quitarle la enfermedad.

CAPÍTULO XXIII

La caridad, fuente de la verdadera paciencia;
y la concupiscencia, de la falsa

20. Esto lo he dicho por la caridad, sin la cual no puede darse en nosotros verdadera paciencia; porque en los buenos habita la caridad de Dios que todo lo tolera, como está en los malos la codicia del mundo. Pero esta caridad está en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado, y, por eso, quien nos da la caridad, nos da también la paciencia. Pero la codicia del mundo cuando tolera pacientemente el peso de cualquier calamidad, y se gloría de las fuerzas de su voluntad, es como si se gloriase del estupor de la enfermedad, no del vigor de la salud. Loco es ese gloriarse, que no es paciencia sino demencia. Esa voluntad tanto parece más paciente en tolerar los males más amargos cuanto está más ávida de los bienes temporales y más vacía de los eternos.

CAPÍTULO XXIV

La mala voluntad no necesita del diablo

21. Cuando el espíritu diabólico incita y enardece la voluntad con apariencias falaces y sugestiones inmundas, cuando se une al pecador en maligna conspiración y enloquece su voluntad con el error o inflama con el apetito de alguna delectación mundana, parece que esa voluntad tolera maravillosamente lo intolerable; pero de ahí no se sigue que no pueda darse mala voluntad sin la instigación de un espíritu inmundo extraño, como no puede darse buena voluntad sin la ayuda del Espíritu Santo. Que pueda darse mala voluntad sin que la seduzca o incite otro espíritu, se prueba en el mismo diablo; él se hizo diablo por su propia voluntad y no por ningún otro diablo. Pues la mala voluntad, ya sea arrebatada por la concupiscencia o descarriada por el temor, desbordada por la alegría o encogida por la tristeza, o por otras perturbaciones del alma, desdeña y tolera todo lo que otros o ella misma, en otras circunstancias, no podrían soportar. Puede también seducirse a sí misma sin instigación de otro espíritu, y, por su debilidad, caer de lo superior a lo inferior. Y, entonces, cuando mayor dulzura cree encontrar en lo que pretende conseguir, cuando más goza lo ya conseguido o se lamenta de su pérdida, tanto mejor lo tolera todo, porque el dolor que tiene que padecer es menor que el gozo que le produce lo que ama. Sea de ello lo que fuere, se trata de una criatura y su emblema es el placer. Pues por el contacto familiar y la experiencia de su deleite se adhiere, en cierto modo, la criatura amada al amante.

CAPÍTULO XXV

La buena voluntad solo viene de Dios

22. De muy diferente linaje es la dulzura del Creador, de la que está escrito: Y los abrevarás en el torrente de tus delicias. Dios no es, como nosotros, una criatura. Si su amor no viene de Él a nosotros, no puede darse en nosotros. Y por esto, la buena voluntad por la que se ama a Dios no puede darse en el hombre sino cuando Dios produce en él ese querer. Esta buena voluntad, es decir, la voluntad sumisa, fielmente, a Dios, encendida con el fuego supremo de la santidad, que ama a Dios y al prójimo por Dios, ya se trate del amor, del cual afirma el apóstol Pedro: Señor, tú sabes que te amo, o del temor del que dice el apóstol Pablo: con temor y temblor trabajad vuestra propia salvación, o de la alegría de la que dice: alegres en la esperanza y pacientes en la tribulación, o de la tristeza de la que dice que sufrió mucha por los hermanos. En todo eso que sufre de amargo y áspero, se trata siempre de la caridad de Dios que todo lo aguanta, y que no es difundida en nuestros corazones sino por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

CAPÍTULO XXVI

La paciencia, don de Dios; y la paciencia, de los cismáticos

Por lo tanto, no puede dudar la piedad que la paciencia de los que toleran piadosamente es un don de Dios como la caridad de los que aman santamente. Ni engaña ni yerra la Escritura que no solo en el Antiguo Testamento nos presenta claros testimonios de esto, cuando se dice a Dios: Tú eres mi paciencia, y también: de Él procede mi paciencia, o cuando otro profeta dice que recibimos el espíritu de fortaleza, sino que también en las Cartas apostólicas se lee: Porque se os ha dado por Cristo no solo el creer en Él, sino también el padecer por Él. No se atribuya, pues, el alma noble lo que oye le fue regalado.

23. Si, pues, alguien no tiene la caridad que pertenece a la unidad de espíritu y al vínculo de la paz, con el que se ciñe y reúne la Iglesia católica, vive en el cisma y, para no renegar de Cristo, sufre tribulaciones, angustias, hambre, desnudez, persecución, peligros, cárceles, cadenas, tormentos, espada, o llamas o fieras o la misma cruz, por temor a la condenación y al fuego eterno, no hemos de condenar todo esto, antes bien es muy laudable esa paciencia. No podemos decir que mejor le hubiera sido negar a Cristo para no padecer estas cosas que padeció confesándole, sino que quizá podemos pensar que le será más llevadero el juicio futuro que si, negando a Cristo, hubiese evitado todas esas cosas. Pues, aunque es verdad lo que dijo el Apóstol: Si entrego mi cuerpo para que arda, pero no tengo caridad, de nada me aprovecha, así hemos de entender que nada le aprovecha para alcanzar el reino, aunque le hará más benigno el suplicio del juicio final.

CAPÍTULO XXVII

La paciencia del cismático como don de Dios

24. Con razón se puede preguntar si es un don de Dios o se ha de atribuir a las fuerzas de la voluntad humana la paciencia por la que el que vive separado de la Iglesia, no por el error que lo separó, sino por la verdad del sacramento y de la palabra que conservó, sufre las penas temporales por temor a incurrir en las eternas. Hemos de tener cuidado, no sea que, si decimos que esta paciencia es don de Dios, los cismáticos que la tienen crean que pertenecen también al reino de Dios, o si negamos que sea don de Dios, se nos obligue a confesar que en la voluntad humana puede haber algo bueno sin la ayuda y el favor de Dios. Porque es un bien que el hombre crea que será castigado con el suplicio eterno si niega a Cristo, y por esa fe tolera y desprecia el suplicio humano.

25. Por eso, no se ha de negar que se trata de un don de Dios, pero hay también que entender que son muy otros los dones de Dios a los hijos de aquella Jerusalén de arriba que es libre y es nuestra madre.

CAPÍTULO XXVIII

Diferentes dones de los hijos y de los desheredados

Los dones de los hijos son, en cierto modo, hereditarios, puesto que, por ellos, somos herederos de Dios y coherederos con Cristo. Los otros dones pueden recibirlos incluso los hijos de las concubinas, a los que se equiparan los judíos carnales, los cismáticos y los herejes. Pues aunque esté escrito: arroja a la esclava y a su hijo, pues no heredará el hijo de la esclava con mi hijo Isaac. Y Dios dijera a Abrahán: Por Isaac será nombrado tu linaje, y el Apóstol interpreta esto, cuando dice: es decir, no son los hijos de la carne los hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa serán contados en el linaje, para que entendiéramos que el linaje de Abrahán, según Isaac, pertenece a los hijos de Dios por Cristo. Esos son el cuerpo de Cristo y sus miembros, es decir, la Iglesia de Dios una, verdadera, genuina, católica, que tiene la fe piadosa, aquella que obra por la caridad, no aquella que actúa por el orgullo o por el miedo. Sin embargo, cuando Abrahán separó a los hijos de las concubinas de su hijo Isaac, les concedió algunos dones, no para nombrarlos herederos, sino para no despedirlos vacíos. Pues así leemos: dio Abrahán a su hijo todos sus bienes, y a los hijos de sus concubinas les otorgó dones, y los separó de su hijo Isaac. Si somos hijos de la Jerusalén libre, comprendamos que unos son los dones de los herederos y otros los de los desheredados. Herederos son aquellos a quienes se dijo: no habéis recibido el espíritu de servidumbre para caer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de los hijos de adopción por el que clamamos: Abba, ¡Padre!

CAPÍTULO XXIX

Premio eterno de la paciencia

26. Clamemos, pues, con espíritu de caridad, hasta que lleguemos a la herencia en la que hemos de recalar eternamente. Seamos pacientes con un amor liberal, no con un temor servil. Clamemos mientras somos pobres hasta que por aquella herencia nos hagamos ricos. La mejor garantía que de esto recibimos es que Cristo se hizo pobre para enriquecernos. Al ser elevado Él a las riquezas eternas fue enviado el Espíritu Santo para que inspirase en nuestros corazones los deseos santos. Pues la paciencia de los pobres no perecerá nunca, la paciencia de estos pobres que creen pero aún no contemplan, que esperan sin poseer todavía, que suspiran con el deseo pero aún no reinan felices, que aún tienen hambre y sed pero no han sido saciados. Y no es que allí vaya a haber paciencia, pues no habrá nada que tolerar, pero se dijo que no perecerá, porque no será estéril. Puesto que su fruto será eterno, no perecerá nunca. Aquel que trabaja en vano, al ver que le engañó la esperanza con la que trabajaba, con razón dice: "He perdido tanto trabajo". En cambio, el que llega a alcanzar lo prometido a su trabajo se dice exultante: "No he perdido mi trabajo". Se dice que no ha perecido el trabajo, no porque sea eterno sino porque no fue realizado en vano. Así, no perecerá nunca la paciencia de los pobres de Cristo, que han de ser enriquecidos con su herencia, no porque allí se nos mande tolerar con paciencia, sino porque a causa de lo que aquí hemos sufrido con paciencia, allí gozaremos de la bienaventuranza eterna. No pondrá término a la felicidad eterna quien otorga la paciencia a la voluntad temporal, pues ambos regalos se otorgan al don de la caridad.

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA