domingo, 18 de febrero de 2018

Santa Bernardita Soubirous

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18 de Febrero
Santa Bernardita Soubirous
(1879)

Velas

Santa Bernardette nació en Lourdes (Francia) en 1844. Hija de padres supremamente pobres. En el bautismo le pusieron por nombre María Bernarda (nombre que ella empleará después cuando sea religiosa) pero todos la llamaban Bernardita.

Era la mayor de varios hermanos. Sus padres vivían en un sótano húmedo y miserable, y el papá tenía por oficio botar la basura del hospital. La niña tuvo siempre muy débil salud a causa de la falta de alimentación suficiente, y del estado lamentablemente pobre de la habitación donde moraba. En los primeros años sufrió la enfermedad de cólera que la dejó sumamente debilitada. A causa también del clima terriblemente frío en invierno, en aquella región, Bernardita adquirió desde los diez años la enfermedad del asma, que al comprimir los bronquios produce continuos ahogos y falta de respiración.

Esta enfermedad la acompañará y la atormentará toda su vida. Al final de su existencia sufrirá también de tuberculosis. En ella se cumplieron aquellas palabras de Jesús: "Mi Padre, el árbol que más quiere, más lo poda (con sufrimientos) para que produzca más frutos" (Jn. 15).

En Bernardita se cumplió aquello que dijo San Pablo: "Dios escoge a lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir las vanidades del mundo". Bernardita a los 14 años no sabía leer ni escribir ni había hecho la Primera Comunión porque no había logrado aprenderse el catecismo. Pero tenía unas grandes cualidades: rezaba mucho a la Virgen y jamás decía una mentira. Un día ve unas ovejas con una mancha verde sobre la lana y pregunta al papá: ¿Por qué tienen esa mancha verde? El papá queriendo chancearse, le responde: "Es que se indigestaron por comer demasiado pasto". La muchachita se pone a llorar y exclama: "Pobres ovejas, se van a reventar". Y entonces el señor Soubirous le dice que era una mentirilla. Una compañera le dice: "Es necesario ser muy tonta para creer que eso que le dijo su padre era verdad". Y Bernardita le responde: ¡Es que como yo jamás he dicho una mentira, me imaginé que los demás tampoco las decían nunca!

Desde el 11 de febrero de 1859 hasta el 16 de julio del mismo año, la Sma. Virgen se le aparece 18 veces a Bernardita. Las apariciones las podemos leer en detalle en el día 11 de febrero. Nuestra Señora le dijo: "No te voy a hacer feliz en esta vida, pero sí en la otra". Y así sucedió . La vida de la jovencita, después de las apariciones estuvo llena de enfermedades, penalidades y humillaciones, pero con todo esto fue adquiriendo un grado de santidad tan grande que se ganó enorme premio para el cielo.

Las gentes le llevaban dinero, después de que supieron que la Virgen Santísima se le había aparecido, pero ella jamás quiso recibir nada. Nuestra Señora le había contado tres secretos, que ella jamás quiso contar a nadie. Se conservó siempre muy pobre y apartada de toda exhibición. Ella no era hermosa, pero después de las apariciones, sus ojos tenían un brillo que admiraba a todos.

Le costaba mucho salir a recibir visitas porque todos le preguntaban siempre lo mismo y hasta algunos declaraban que no creían en lo que ella había visto. Cuando la mamá la llamaba a atender alguna visita, ella se estremecía y a veces se echaba a llorar. "Vaya ", le decía la señora, ¡tenga valor! Y la jovencita se secaba las lágrimas y salía a atender a los visitantes demostrando alegría y mucha paciencia, como si aquello no le costara ningún sacrificio.

Para burlarse de ella porque la Virgen le había dicho que masticara unas hierbas amargas, como sacrificio, el sr. alcalde le dijo: ¿Es que la confundieron con una ternera? Y la niña le respondió: ¿Señor alcalde, a usted si le sirven lechugas en el almuerzo? "Claro que sí" ¿Y es que lo confunden con un ternero? Todos rieron y se dieron cuenta de que era humilde pero no era tonta.

Bernardita pidió ser admitida en la Comunidad de Hijas de la Caridad de Nevers. Demoraron en admitirla porque su salud era muy débil. Pero al fin la admitieron. A los 4 meses de estar en la comunidad estuvo a punto de morir por un ataque de asma, y le recibieron sus votos religiosos, pero enseguida curó.

En la comunidad hizo de enfermera y de sacristana, y después por nueve años estuvo sufriendo una muy dolorosa enfermedad. Cuando le llegaban los más terribles ataques exclamaba: "Lo que le pido a Nuestro Señor no es que me conceda la salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad. Para cumplir lo que recomendó la Sma. Virgen, ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores".


Uno de los medios que Dios tiene para que las personas santas lleguen a un altísimo grado de perfección, consiste en permitir que les llegue la incomprensión, y muchas veces de parte de personas que están en altos puestos y que al hacerles la persecución piensan que con esto están haciendo una obra buena.

Bernardita tuvo por superiora durante los primeros años de religiosa a una mujer que le tenía una antipatía total y casi todo lo que ella hacía lo juzgaba negativamente. Así, por ejemplo, a causa de un fuerte y continuo dolor que la joven sufría en una rodilla, tenía que cojear un poco. Pues bien, la superiora decía que Bernardita cojeaba para que la gente al ver las religiosas pudiera distinguir desde lejos cuál era la que había visto a la Virgen. Y así en un sinnúmero de detalles desagradables la hacía sufrir. Y ella jamás se quejaba ni se disgustaba por todo esto. Recordaba muy bien la noticia que le había dado la Madre de Dios: "No te haré feliz en esta vida, pero sí en la otra".

Duró quince años de religiosa. Los primeros 6 años estuvo trabajando, pero fue tratada con mucha indiferencia por las superioras. Después los otros 9 años padeció noche y día de dos terribles enfermedades: el asma y la tuberculosis. Cuando llegaba el invierno, con un frío de varios grados bajo cero, se ahogaba continuamente y su vida era un continuo sufrir.

Deseaba mucho volver a Lourdes, pero desde el día en que fue a visitar la Gruta por última vez para irse de religiosa, jamás volvió por allí. Ella repetía: "Ah quién pudiera ir hasta allá, sin ser vista. Cuando se ha visto una vez a la Sma. Virgen, se estaría dispuesto a cualquier sacrificio con tal de volverla a ver. Tan bella es".

Al llegar a la Comunidad reunieron a las religiosas y le pidieron que les contara cómo habían sido las apariciones de la Virgen. Luego le prohibieron volver a hablar de esto, y en los 15 años de religiosa ya no se le permitió tratar este tema. Son sacrificios que a los santos les preparan altísimo puesto en el cielo.

Cuando ya le faltaba poco para morir, llegó un obispo a visitarla y le dijo que iba camino de Roma, que le escribiera una carta al Santo Padre para que le enviara una bendición, y que él la llevaría personalmente. Bernardita, con mano temblorosa, escribe: "Santo Padre, qué atrevimiento, que yo una pobre hermanita le escriba al Sumo Pontífice. Pero el Sr. Obispo me ha mandado que lo haga. Le pido una bendición especial para esta pobre enferma". A vuelta del viaje el Sr. Obispo le trajo una bendición especialísima del Papa y un crucifijo de plata que le enviaba de regalo el Santo Padre.

El 16 de abril de 1879, exclamó emocionada: "Yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi ¡Que hermosa era!" Y después de unos momentos de silencio exclamó emocionada: "Ruega Señora por esta pobre pecadora", y apretando el crucifijo sobre su corazón se quedó muerta. Tenía apenas 35 años.

A los funerales de Bernardita asistió una muchedumbre inmensa. Y ella empezó a conseguir milagros de Dios en favor de los que le pedían su ayuda. Y el 8 de diciembre de 1933, el Santo Padre Pío Once la declaró santa.


Santa Bernardette

Bernardita: tú que tuviste la dicha de ver a la Sma. Virgen aquí en la tierra, haz que nosotros tengamos la dicha de verla y acompañarla para siempre en el cielo.



Nevers, el «otro» Lourdes: allí Bernadette 
vivió sus últimos años 
Nevers, el «otro» Lourdes: allí Bernadette vivió sus últimos años y reposa incorrupta
En Nevers descansa el cuerpo incorrupto de Bernadette... 
pasa medio millón de peregrinos al año

Cada año cinco millones de personas peregrinan a Lourdes, pero "sólo" medio millón lo hacen también -o, sencillamente, lo hacen- al convento de las Hermanas de la Caridad y la Instrucción Cristiana en Nevers, el el corazón geográfico de Francia. 

Bernadette buscó en ese convento alejarse del protagonismo que indudablemente habría rodeado su vida en la aldea donde nació y donde, entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, vio dieciocho veces a Nuestra Señora. Aun siendo ya el siglo del ferrocarril, en el siglo XIX los setecientos kilómetros de distancia entre ambos enclaves eran lo bastante disuasorios para quien buscaba la soledad del amor de Dios. A pesar de lo cual miles de personas acudieron a visitarla en vida bajo su nueva condición de consagrada.

Bernardita llegó a Nevers en 1866 y nunca regresó a su tierra, muriendo el 16 de abril de 1879 a los 35 años de edad. La escritora católica Marcelle Auclair, al redactar la biografía de la Santa a partir de sus testimonios y escritos, compuso el que se conoce como su testamento espiritual (ver abajo). Lo es en la medida en que refleja su alma sencilla y las huellas del sufrimiento que en ella dejaron la miseria y el hambre, las afrentas e incomprensiones, no menores entre algunas compañeras de convento que las que había conocido cuando empezó a anunciar que la Santísima Virgen se le aparecía.


El convento de St Gildard en Nevers,
 donde pasó la santa sus últimos trece años de vida.

Santa Bernardette, ya como Hermana María Bernarda, sólo habló ante sus hermanas una vez de las apariciones, y la superiora no consintió que el tema volviera a salir en las conversaciones del claustro, con objeto de no distraer la vida conventual y, sobre todo, de permitir a la joven novicia continuar en paz su camino hacia el Señor. En 1867 profesó como religiosa, y pasó los años de su vocación en todo tipo de trabajos, en ocasiones los más duros, de limpieza y enfermería, minada por el asma y la tuberculosis. 

La exhumación
Cuando se abrió el féretro en 1909, treinta años después de su muerte, los forenses lo encontraron incorrupto. Lo mismo sucedió en 1919 y en 1929. El rosario que anudaba sus manos se había podrido y oxidado, y el hábito aparecía deshecho, y sin embargo el hígado, uno de los órganos que primero se descomponen, estaba intacto al cabo de tres décadas de su muerte, e intactos aparecían también los dientes y las uñas. Incluso en su organismo se encontraron líquidos...


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Así describieron los doctores David y Jordan lo que se encontraron en la primera exhumación:

"Se abrió el féretro. No percibimos ningún olor. El cuerpo estaba revestido por los hábitos de la Orden, bastante húmedos. Sólo el rostro, las manos y parte de los antebrazos estaban descubiertos. La cabeza estaba inclinada a la izquierda, el rostro era de un blanco pálido. La piel, pegada a los músculos, y los músculos pegados a los huesos. Los párpados, hundidos, cubrían los ojos. La nariz estaba apergaminada y afilada. La boca, ligeramente abierta, dejaba ver los dientes todavía juntos. Las manos, cruzadas sobre el pecho y perfectamente conservadas junto con las uñas, apretaban un rosario comido por el óxido. En los antebrazos se veía el relieve de las venas. También los pies, como las manos, habían conservado totalmente las uñas. Después de haberle quitado el hábito y el velo de la cabeza, se vio todo el cuerpo apergaminado, rígido y sonoro en todas sus partes. Se constató que el cabello, corto, estaba aún en el cráneo y unido al cuero cabelludo; que las orejas estaban en perfecto estado de conservación; que el lado izquierdo del cuerpo, desde la cadera, era más alto que el derecho. Las partes inferiores del cuerpo estaban un poco ennegrecidas. Esto parece deberse al carbono que se encontró en gran cantidad en el féretro".

En 1925 empezó a exponerse públicamente el cuerpo, primero en un jardín del convento y posteriormente en la capilla. Las manos y el rostro aparecen recubiertos por una fina capa de cera que se le aplicó ese año para paliar su decoloración. El aspecto de la santa impresiona por la dulzura del gesto y la cercanía de una imagen de María, compañía en la estancia ahora que su alma ya anda en coloquios cotidianos con la Señora, como aquellas dieciocho veces hace 157 años, que tan a poco le supieron.





Testamento espiritual de Santa Bernadette en Nevers, redactado por Marcelle Auclair

Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas y por mi constante cansancio... te doy gracias, Jesús.

Te doy gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyramale...

No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste. Por la bofetada recibida y por las burlas y ofensas sufridas, por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por aquel que trataba de hacer un negocio... te doy gracias, Madre. 

Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.

Te doy las gracias porque si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido, tú lo hubieses escogido.

Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó "Hermana María Bernarda"... te doy las gracias.

Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que colmaste de amargura.

Porque la Madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación... te doy las gracias.

Gracias por haber sido como soy, por que la Madre Teresa pudiese decir de mí: "Jamás le cedáis lo suficiente".

Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos y que otras hermanas pudieran decir: ¡Qué suerte que no soy Bernardita!

Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevar a la cárcel porque te vi a ti, Madre... Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: "¿Esa cosa es ella?". La Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico. 

Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto... por mi enfermedad que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento... te doy las gracias, Dios mío. 


Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y tus relámpagos, por tus rayos... por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste... te doy las gracias, Jesús...

miércoles, 14 de febrero de 2018

Miércoles de Ceniza: tiempo de conversión

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza este 14 de febrero de 2018 y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. 

La imposición de las cenizas nos recuerda que estamos de paso en este mundo; que la vida definitiva se encuentra en el Cielo. Pero nada nos impide empezar a vivir esa vida eterna ahora, en la tierra. Estos cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón podrían dar inicio a experimentar el cielo en la tierra. La sanación interior es, en ese sentido, un muy buen punto de partida.

Os dejo aquí un excelente video del camino hacia la sanación personal que irradiará en nuestros hijos. Será también luz para el alma; esa lámpara interior callada y sensitiva, cuya presencia ignoramos en razón de la prisa, que es injusta en tanto nos empuja a escena hacia beneficiarios abusivos. Vale la pena en esta época de conversión, abolir el tiempo y atender las demandas esenciales postergadas. .

domingo, 11 de febrero de 2018

Festividad de Notre Dame de Lourdes

Oraciones a Nuestra Señora de Lourdes

"Yo soy la Inmaculada Concepción"

La Virgen María se apareció 18 veces a Bernadette Soubirous, entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, en la gruta de Massabielle de Lourdes, cerca del río Gave.

Nuestra Señora de Lourdes que aparece a Bernadette en la mitad del siglo XIX, cuando la incredulidad y el materialismo dominados por todas partes (1858), la Virgen Inmaculada de Lourdes quiso hacer un signo evangélico. En unos años, irían a verla todos aquellos que buscaban perdón, sanando la mente y el cuerpo; los pobres vendrían a escuchar las Buenas Nuevas. Desde entonces, gracias al desarrollo de los medios de comunicación, la gruta de Massabielle se ha convertido en un lugar de reunión favorito para los cristianos de todas las naciones que están experimentando la caridad vivida entre hermanos y sellar su unidad en la Eucaristía. María, en quien la Iglesia reconoce la imagen de la ciudad santa, es honrada en las orillas del río Gave por una inmensa multitud que prefigura la nueva Jerusalén misma.

Notre-Dame-de-Lourdes.jpg

Oración a Nuestra Señora de Lourdes:
"María, te mostraste a Bernadette en el hueco de la roca. En el frío y la sombra del invierno trajiste la calidez de la presencia, la luz y la belleza. ¡En el hueco de nuestras vidas oscuras, en el vacío del mundo donde el mal es poderoso, trae esperanza, restaura la confianza! Tú, que eres la Inmaculada Concepción, ayuda a los pecadores que somos. Danos la humildad de la conversión, el coraje de la penitencia. Enséñanos a orar por todos los hombres. Guíanos a las fuentes de la vida real. Haznos peregrinos caminando en tu Iglesia. Agudiza en nosotros el hambre de la Eucaristía, el pan del camino, el pan de la vida. En ti, María, el Espíritu Santo realiza maravillas: por su poder, él te ha colocado con el Padre, en la gloria de tu Hijo, vivo para siempre. Mira con ternura las miserias de nuestros cuerpos y nuestros corazones. Brilla para todos, como una luz suave, al paso de la muerte. Con Bernadette, te rezamos, María, en la sencillez de los niños. Permítenos entrar, como ella, en el espíritu de las Bienaventuranzas. Entonces, de aquí en adelante, comenzaremos a conocer la alegría del Reino y cantar con ella: "¡Magnificat! ¡Gloria a ti, Virgen María, feliz sierva del Señor, Madre de Dios, hogar del Espíritu Santo! Amen» 

Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros! 
Santa Bernadette, ruega por nosotros! 


Oración a Nuestra Señora de Lourdes por Juan Pablo II: 
"¡Ave María, mujer de fe, primera entre los discípulos! Virgen, Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre cuenta de la esperanza que hay en nosotros, confiando en la bondad del hombre y en el amor del Padre. Enséñanos a construir el mundo desde adentro: en la profundidad del silencio y la oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad irremplazable de la Cruz. Santa María, Madre de los creyentes, Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros. Que así sea !" 


Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros! 
Santa Bernadette, ruega por nosotros! 

martes, 6 de febrero de 2018

Siempre estamos en las manos de Dios

 

Siempre estamos en las manos de Dios...

Las misericordias del Señor con cada persona a lo largo de la vida pesarán en su juicio: quien las aprovechó para el bien, recibirá la recompensa; quien las desperdició, se encontrará con la justicia, ambas salidas de las manos divinas y eternas.

Narra el Evangelio que estando Jesús de camino a Jerusalén, poco antes de su Pasión, envió a dos de sus discípulos para que se adelantaran y consiguieran posada. Se encontraban en la región de Samaria, cuyos habitantes nutrían un exacerbado odio contra los judíos y, por este motivo, no quisieron darles hospedaje al divino Redentor y a sus Apóstoles.
Indignados ante tal rechazo, Santiago y Juan se dirigieron al Maestro y le preguntaron: “ ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’. Él se volvió y les regañó, y dijo: ‘No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos’ ” (Lc 9, 54-56). Con tal respuesta el Salvador ponía de relieve cuán grande es la misericordia de Dios, que no se venga de quien se niega a acogerlo, sino que espera con paciencia que se arrepienta.
Sin embargo, si analizamos las relaciones del Creador con los hombres a lo largo de la Historia, nos encontramos también con numerosos episodios en los que Él castiga con firmeza al pecador. Sin salirnos del Nuevo Testamento, pensemos en la cólera con que Jesús expulsó a los mercaderes del Templo (cf. Mt 21, 12-17; Mc 11, 15-19; Lc 19, 45-48; Jn 2, 13-17).
En nuestros días, cuesta comprender la conjugación entre misericordia y justicia. Consideramos que quien practica la primera no puede jamás castigar, y quien posee la segunda está imposibilitado de perdonar. Nos olvidamos de que ambas son atributos de Dios, en quien todas las virtudes se armonizan de modo admirable.
Las dos le pertenecen como los brazos al cuerpo. Bien por la misericordia o bien por la justicia siempre estamos en sus manos. Y, a menudo, manifiesta su bondad castigando a los pecadores para purificarlos aún en esta vida y concederles, misericordiosamente, la salvación eterna...

Tipos de justicia: conmutativa y distributiva

Para que entendamos mejor la esencia de este sublime equilibrio es importante que ajustemos nuestros conceptos a la doctrina de la Iglesia, empezando por recordar en qué consiste la justicia.
El Catecismo la define como la “constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido”.1 Cuando este dar se aplica a Dios, lo llamamos virtud de la religión; cuando se aplica a los hombres, recibe propiamente el nombre de justicia.
Santo Tomás2 la divide en dos clases. La primera, llamada justicia conmutativa, regula las relaciones en las que se da y se recibe algo a cambio. Se verifica, por ejemplo, cuando alguien hace una compra y paga un precio adecuado al valor de la mercancía entregada por el vendedor.
El segundo tipo se aplica a una clase de relación diferente. Es la denominada justicia distributiva, por la cual “el que manda o administra da a cada uno según su dignidad”,3 es decir, hace que sus subordinados reciban lo que es justo según la posición y méritos de cada uno. La correcta organización de una familia o de cualquier grupo depende de ella.
La justicia conmutativa no puede atañer las relaciones entre Dios y los hombres, pues “¿quién le ha dado [al Señor] primero para tener derecho a la recompensa?” (Rom 11, 35). No obstante, es posible encontrar numerosos reflejos de justicia distributiva en el orden puesto por Dios en el universo. Dionisio Areopagita así lo recuerda, cuando afirma que “la justicia divina es realmente justicia en cuanto que da a cada uno lo que le corresponde, según sus méritos, y preserva la naturaleza de cada cosa en orden y potencia propios”.4

Dios es justo al rebosar de misericordia

Conociendo cómo opera entre los hombres la justicia, cabe ahora considerarla en cuanto atributo de Dios. Elevándonos, así, a un plano muchísimo más alto, relacionado con la propia esencia divina.
“Dios es justicia y crea justicia”,5 afirma el Papa Benedicto XVI. Todos sus actos están de alguna forma marcados por ella. “Cuando castigas a los malos, es justicia, pues conviene a lo que merecieron; cuando los perdonas, también es justicia, no por sus méritos, sino por tu bondad”,6 proclama San Anselmo.
Aquí se ve claramente que la justicia en Dios no tiene sólo un carácter punitivo para con el mal practicado. Cuando Él usa la misericordia para perdonar está haciendo también justicia, sólo que en este caso, para con su bondad infinita, tan bien reflejada en las palabras que le dirigió a Moisés cuando pasó ante él proclamando: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes” (Ex 34, 6-7).
En una de las más bellas parábolas del divino Maestro vemos al buen pastor yendo atrás de la oveja perdida y dejando solas a las otras noventa y nueve de su rebaño. Al explicarla a sus oyentes, Jesús concluye: “Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc 15, 7). También en la parábola del hijo pródigo asistimos a su regreso a casa, arrepentido por haber despilfarrado los bienes paternos, y encontramos esta escena: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos” (Lc 15, 20).
Estos pasajes son una perfecta imagen de cómo Dios, por no tener jamás connivencia con el mal, es justo consigo al rebosar de misericordia para con el que se arrepiente y pide perdón.

El Señor actúa con bondad incluso en el castigo

Sin embargo, el que se obstina en el insulto a Dios y, por tanto, en el mal, muere impenitente y entra en la eternidad en estado de pecado mortal, pasa a merecer un castigo eterno. En este caso, el Creador del universo no puede perdonar, porque no sería justo para con el Bien eterno, que es Él. De ahí la necesidad de que creara el inferno,7 ese mar de fuego, donde “será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 8, 12), tantas veces evocado en el Evangelio.
Fundándose en Santo Tomás, el P. Garrigou-Lagrange explica al respecto que “Dios, como soberano legislador, rector y juez de vivos y muertos, se debe a sí mismo el agregar a sus leyes una sanción eficaz”.8 Y presenta las razones por las cuales ésta ha de ser eterna: el hecho de que el castigo no tenga fin sirve para “manifestar los derechos imprescriptibles de Dios a ser amado sobre todas las cosas, para hacer conocer el esplendor de su infinita justicia”.9
Con todo, incluso en esa monumental obra de justicia divina hay rasgos evidentes del Dios compasivo y bondadoso. Es lo que dice el propio Doctor Angélico: “en los condenados aparece la misericordia no porque les quite totalmente el castigo, sino porque se lo alivia, ya que no los castiga como merecen”.10
En la secuencia del tema, el P. Garrigou-Lagrange continúa: “Dios, que es bueno y misericordioso, no se complace en los sufrimientos de los condenados, sino en su infinita bondad, que merece ser preferida a todo bien creado, y los elegidos contemplan el resplandor de la justicia suprema, dando gracias a Dios por haberlos salvado. [...] Dios ama, ante todo, su infinita bondad; ahora bien, siendo ésta esencialmente comunicativa, constituye el principio de la misericordia, y en la medida en que tiene un derecho imprescriptible a ser amada sobre todas las cosas, constituye el principio de la justicia”.11

Antes de desatar su ira, Dios llama a la conversión

De un modo o de otro, alcanzando pueblos enteros con proclamaciones proféticas o hablándole a alguien en concreto en lo más íntimo de su corazón, Dios nunca deja de hacer numerosos llamamientos a la conversión. No se complace “en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva” (Ez 33, 11) y, por este motivo, nos invita a entrar “por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos” (Mt 7, 13).
La Sagrada Escritura está repleta de hermosos episodios en ese sentido. Por citar algunos, tomemos el anuncio del castigo hecho por Elías a Ajab y la alegría manifestada por Dios al contemplar al rey impío haciendo penitencia (cf. 1 Re 21, 21-29). O el cambio de los planes divinos ante la contrición de los habitantes de Nínive, tras la predicación de Jonás: “Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó” (Jon 3, 10).
Cuando los hombres permanecen indiferentes al llamamiento divino, su justicia hace que caiga sobre ellos el castigo. No obstante, cuando se arrepienten, Dios como que también hace lo mismo. Esta actitud no significa que los criterios divinos son susceptibles de cambio. La humanización de las acciones divinas es sólo un recurso literario usado para hacérnoslas más comprensibles.
La ira divina, explica San Agustín, no es “una turbación del ánimo, sino el juicio por el que castiga el pecado. Su pensamiento y su reflexión es la razón inmutable de las cosas mudables. Porque Dios, que tiene sobre todos los seres un sentir tan estable como cierta es su experiencia, no se arrepiente de sus obras como el hombre”.12

Fátima: misericordia y justicia para nuestros tiempos

Ahora bien, si en el Antiguo Testamento Dios se sirvió de los profetas para alertar a los pueblos antes de ejercer su acción justiciera, en los últimos siglos lo ha hecho a través de María Santísima.
Antes de convertirse en Madre de Dios, imploraba “que viniera Aquel que podría hacer brillar nuevamente la justicia sobre la faz de la tierra, que se levantara el Sol divino de todas las virtudes, para que disipara por todo el mundo las tinieblas de la impiedad y del vicio”.13 Ahora es por medio de Ella que Jesús nos anuncia la proximidad del Reino de María, previsto por San Luis Grignion de Montfort,14 y los castigos que deben venir si los hombres no se convierten.
Ya hemos cruzado el umbral del año 2018. Atrás quedó el centenario de las advertencias hechas por Ella a la humanidad en Cova da Iria. Y así como todas las profecías que marcaron la Historia suscitaron reacciones opuestas, de igual modo ocurre hoy con el mensaje de Fátima: el que tiene fe se alegra y se llena de esperanza; el que no cree intenta negar su autenticidad y la importancia que tiene para la vida de la Iglesia. “Pero todos tienen bien presente que las profecías de la Santísima Virgen se realizarán”,15 escribe nuestro fundador, Mons. João.
Después de tan larga espera se podría preguntar: ¿cuándo se dará eso? 
El día y la hora forman parte de los arcanos de Dios. Él le dio a la Virgen Santísima, nuestra Madre de Misericordia, el poder de parar su brazo justiciero sobre el mundo hasta que estén preparadas todas las almas que deberán abrirse a sus palabras. Sólo Ella sabe cuál es el momento oportuno para tocar en lo hondo del corazón del hombre contemporáneo, para que, finalmente, se cumpla su gran promesa: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.16
Mientras ese momento no llega, nos cabe a nosotros abrir nuestras almas a nuestra Madre de Bondad, instrumento de la misericordia divina, Medianera universal de todas las gracias. Y no nos olvidemos de que las misericordias que el Señor dispensa a cada hombre a lo largo de la vida pesarán en el día de su juicio: quien las aprovechó para el bien, recibirá una misericordia mayor, la recompensa eterna; quien las desperdició, se encontrará con la justicia, pues siempre estamos en las manos de Dios. 
  
 Hna. Mariella Emily Abreu Antunes, EP

Fuente: publicado en la revista "Heraldos del Evangleio", No. 175, Febrero 2018. Pags. 22-25

viernes, 2 de febrero de 2018

Presentación de Jesús en el Templo - Fiesta de la Candelaria

Presentación de Jesús al templo 
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(Fiesta de la Candelaria)
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Explicación de la fiesta:

El día 2 de febrero de cada año, se recuerda esta presentación del Niño Jesús al templo, llevando a alguna imagen del Niño Dios a presentar a la iglesia o parroquia. También ese día, se recuerdan las palabras de Simeón, llevando candelas (velas hechas de parafina pura) a bendecir, las cuales simbolizan a Jesús como luz de todos los hombres. De aquí viene el nombre de la “Fiesta de las candelas” o el “Día de la Candelaria”.

Presentación del Señor
2 de febrero:Dios cumple siempre sus promesas
Por: P. Jesús Martí Ballester

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Cuarenta días después del Nacimiento del Señor, fue presentado en el Templo en obediencia a la Ley. Según ella, no había fecha para la presentación del niño, pero como la madre quedaba impura durante cuarenta días, y ni podía tocar nada santo ni acudir al santuario (Lv 12,2), durante ese tiempo no podía presentar al Niño en el Templo, como ordena el Exodo, 13,12: “consagrarás a Dios todos los primogénitos”. Con esta fiesta se concluyen las solemnidades de la Encarnación del Verbo de Dios.


Una casita en Belén
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La Sagrada Familia, salió de la Cueva y se situó en una casita en Belén, donde ha cumplido el rito de la Circuncisión, que incorpora al Niño al pueblo elegido. Sabemos por la circuncisión de Juan y por la historia comparada de estos acontecimientos, que éste es un momento de reunión de todos los parientes y amigos, pero la Familia Sagrada no está en su tierra y esta vez no intervienen los ángeles para anunciar la ceremonia, y se ven solos. La soledad es el precio que tienen que pagar las grandes personalidades, la que tienen que soportar todos aquellos que se salen de lo normal y ordinario.

En los momentos más trascendentales de la vida, es cuando más necesita el hombre, ser social, la compañía y el calor de los suyos. Lo he sentido esto mucho en la solemnidad de mis Bodas de Plata sacerdotales, lejos de mi patria y del calor de la presencia de los míos. En la circuncisión, Jesús, niño de ocho días (Lv 12,8), no siente que está solo, quienes lo sienten son José y María.

Jesús saboreará la soledad amargamente ya adulto, tantas veces, pero de una manera singular y tremenda, la víspera de su sacrificio, en el Huerto, rodeado de amigos dormidos. Soledad que, contemplada, confortará a los elegidos de todos los tiempos.

Pero en el templo no fue igual
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No ocurrió lo mismo en su Presentación en el Templo. Impulsados por el Espíritu dos santos ancianos, Ana y Simeón, llegaron al Templo, e iluminados por el mismo Espíritu, les dio un vuelco el corazón por el que reconocieron al Señor y lo proclamaron clamoroso. Eran dos ancianos venerables, eran los más genuinos representantes del pueblo de Israel, a la vez que representantes de toda la humanidad. El Espíritu no duerme. El Espíritu les despertó. Lo habían esperado tanto.

Dios cumple, siempre cumple sus promesas. No dudemos nunca, no desfallezcamos nunca. Llegará, no fallarán sus promesas. A su tiempo que no conocemos, que sólo él conoce. El Espíritu despertó a aquellas personas amadas de Dios, para que salieran a recibir públicamente al Salvador del pueblo.

Hombre y mujer. Un Reino nuevo
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Para representar a Israel, bastaba un hombre. Para representar a la humanidad hacía falta también una mujer, porque cuando Dios hizo al hombre lo hizo hombre y mujer (Gn 1, 27). Ni en el nacimiento del Hijo de Dios estuvo el rey Herodes, en cuyo territorio se encontraba, ni en su Presentación, oficiada por el sacerdote de turno, hicieron acto de presencia ni el Sumo Sacerdote ni el Sanedrín. Comenzaba un Nuevo Reino. Comenzaba a regir una ley nueva.

Según él y ella la preeminencia no la tienen los poderes terrenales, sino las personas en las que habita el Espíritu. Profetiza Simeón, y pregona al Niño Ana. Un hombre y una mujer presentan a Israel al Verbo encarnado. Dos almas interiores y profundas hacen la presentación de Jesús a los judíos reunidos en el Templo para participar en la ofrenda del sacrificio matutino.

Siempre habrá en la Iglesia almas interiores y profundas en su solidez, amigas íntimas de Dios, que le recibirán, le reconocerán, le pregonarán y cantarán sus maravillas. José hace la la ofrenda correspondiente de cinco siclos, precio del rescate del primogénito que abona el padre (Nm 18,16). A la vez que dos tórtolas o pichones, como pobres, por la purificación de la madre (Lv 12,18).


Ese pueblo interior sale hoy
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El pueblo cristiano sale hoy al encuentro del Señor con candelas encendidas, que con rito festivo y alegre simbolizan a Cristo, Luz de las gentes, lo que caracteriza esta fiesta como "la Candelaria", o de la Purificación, porque María acudió también al Templo a purificarse, en cumplimiento de la Ley, como lo hemos explicado. Pues Jesús no ha venido a quebrantar la Ley, sino a perfeccionarla.

El Señor a quien buscáis
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Malaquías 3,1 proyecta su luz sobre la entrada del Señor en el Templo: "De pronto entrará en el Santuario el Señor a quien vosotros buscáis". Jesús está dando cumplimiento a esa predicción del profeta. Buscar a Dios es la tarea trascendente del hombre, pero el hombre no le buscaría si no lo hubiera ya encontrado, pues si el hombre busca a Dios, Dios busca mucho más y antes al hombre, escribió San Juan de la Cruz, tan gran buscador y buscado a la vez. Y sublimemente encontrado.

"¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor, héroe valeroso, el Dios de los ejércitos, el Rey de la Gloria” Sal 23. No es un embajador el que entra, ni un representante suyo, ni un profeta, como tantas veces ha sido enviado, ni siquiera es un ángel, es el mismo Dios que viene en persona.

El misterio escondido por los siglos

Pero, ahí está el misterio, de Dios, que ha querido participar nuestra misma carne, como miembro de la misma familia humana, para poder morir y muriendo, aniquilar el poder de la muerte, y no sólo a la muerte desde su entraña, sufriendo él mismo la muerte para vencerla en su mismo dominio, sino al que tenía el poder de la muerte, el diablo.

Porque tenía que parecerse en todo a sus hermanos, en la carne y en la muerte, para poder compadececerse de nuestra debilidad y de nuestra esclavitud y para expiar los pecados del pueblo, como atestigua la Carta a los Hebreos 2,14.

Él puede compadecernos porque ha padecido. ¡Qué sabe el que no ha padecido! -dirá quien tanto padeció como San Juan de la Cruz, porque el padecimiento para él era el camino del descubrimiento de las grandes riquezas. “Si supiera, hermana, los gozos deliciosos con que Dios recompensaba los sufrimientos de aquella cárcel”, confesaba hablando de su calabozo de Toledo. Y cantará en la Llama: ¡”Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!, / que a vida eterna sabe / y toda deuda paga...

Utopía estéril
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"¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca?". “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal 8,5). Ante Dios toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo. Humildad, pues, porque todos somos pecadores. Ante Él no cabe la soberbia, sino el más profundo abatimiento, lleno de confianza.

Purifícanos, Señor, de nuestros pecados. Porque sólo tú eres santo. "Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero". Purificará con su sangre derramada en la cruz, que manará en el bautismo, y en el sacramento del perdón. Con sus sacramentos purificará a su pueblo. Con su cruz, con sus pruebas y tribulaciones, expiará los pecados del pueblo. Querer salvar a la humanidad por otro camino y por otros cauces, es una utopía que siempre fracasará.

“Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. En él está la salvación, la gloria, la resurrección. El nos ha salvado y libertado” (Gal 6,14).


La renovación que se espera
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Ha dicho recientemente el papa que el demonio está frenético porque está librando la última batalla, como que el Reino de dios está cerca. Para eso "Refinará a los hijos de Leví".

El sacerdocio levítico, que estaba envejecido, será renovado, recreado, como prolongación de su sacerdocio eterno que ofrecerá la ofrenda única que puede borrar los pecados. Esta ofrenda agradará al Señor. Porque ya no serán sacrificados los animales, sino el mismo Cristo. Como él ofreció su propia vida, debemos nosotros ofrecer la nuestra. Como ejercido por hombres, también el sacerdocio cristiano puede envejecer, y será necesario renovarlo y purificarlo, sobre todo desde la interioridad.


El culto espiritual


El Concilio Vaticano II ha revalorizado la teología del culto espiritual de los cristianos, pues el sacrificio que agrada a Dios es el hombre, como hostia viva a Dios ofrecida, como nos exhorta San Pablo: "Os ruego, hermanos, que ofrezcáis vuestros cuerpos, como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; éste es el culto que debéis ofrecer" (Rm 12,1).

Debemos estar atentos con amor, para ofrecer a Dios desde el amanecer hasta la noche, nuestros pensamientos, afectos, deseos, planes, fracasos, alegrías, enfermedades, llanto y tristeza, y todas las virtudes que la vida nos va proporcionando la oportunidad de practicar, y todas las batallas que debemos sostener, para unirlos al sacrificio de Cristo renovado en el altar. Esa es la ofrenda que le agrada al Padre, que busca adoradores en espíritu y en verdad.

La llegada al templo
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Viene Jesús en brazos de María,
Mira, bosteza y continúa durmiendo;
Su padre José le mira sonriendo.
Según la Ley, a los cuarenta días.
El sacerdote ofrece la Víctima
Ignorando lo que está sucediendo
María sabe que ya está redimiendo
En gesto de amor y eucaristía.
Los infiernos se comienzan a inquietar
Sintiendo que su mentira va a finalizar.
Simeón el justo va a profetizar:
División, espada, luz y tinieblas.
¿Quién militará en cada bandera?
El Reino de Cristo ya va a comenzar.


Dios cumple sus promesas
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Simeón, sobrenadando en gozo, le dice al Señor: Señor, has cumplido tu palabra. Me prometiste que vería antes de morir al Salvador. "Ya puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto, al Salvador". Lc 2,22. ¡Cuántos anhelos y esperanzas y oración revelan estas palabras! De Simeón y de todo Israel, a quien él representa.

La historia del pueblo de Israel no ha sido ni inútil ni estéril: sus ojos han visto al Salvador, y sabe que ha llegado ya el triunfo de la vida, porque el Niño Jesús irá creciendo y llegará la hora de su inmolación, con la que redimirá a todos los pueblos, y no sólo a Israel. "Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida. Y a tí una espada te atravesará el alma". Cuando a un hombre le ocurre una desgracia, todos procuran que no se entere su madre.

María ha sido la excepción. Así debía ser para que fuera corredentora. Ella es el signo de la Iglesia portadora de la gracia del Redentor y, consiguientemente, queda convertida, como Él, en señal de contradicción. Los cinco ciclos ofrecidos por el padre, son un sacrificio sustitutorio, hasta que llegue la hora del sacrificio del Calvario, en el que ya no habrá sustitución.

Será entonces Cristo el sacrificado, no sustituído ya, sino sustituyéndonos a todos sus hermanos, acompañado por el sufrimiento y el dolor de María con el corazón traspasado, simbolizados hoy por los pichones sacrificados y quemados en holocausto. “Sin derramamiento de sangre no hay redención” (Hb 9,22).

Las almas profundas
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Simeón y Ana personifican, con su vida y con los ministerios que realizaban, a la sociedad judía que esperaba la redención y liberación del pueblo. Ellos son el ejemplo más vivo del Israel que esperó hasta el último momento la intervención de Dios en esta historia humana para hacerla más vivible, más justa, más equilibrada.

La ancianidad de Simeón y de Ana son un símbolo de que la esperanza es una larga travesía, a la vez que testimonio de la vejez en la que ha caído el pueblo de Israel en sus estructuras y en sus prácticas, en su religión y en su ley. Todo el modelo social y religioso judío necesitaba ser diseñado de forma diferente y por eso para los dos personajes de este relato evangélico -hombre y mujer- para estos dos ancianos, era necesario que alguien llegara a instaurar un tiempo nuevo y definitivo. Alguien que llegara a inaugurar el tiempo de Dios.


El encuentro con Jesús

Ver a Jesús, encontrarse con él, tener contacto con su persona, con su palabra y con su obra nos debe llevar a actuar como Simeón. Encontrarnos con Jesús debe hacer de nosotros hombres y mujeres capacitados para proclamar con la palabra y, sobre todo, con nuestra acción, el tiempo de Dios que Jesús nos ha regalado.

La Iglesia está llamada a dar testimonio por el tiempo de Dios. Tenemos que hacer posible que ese tiempo llegue a nuestro pueblo con todas sus consecuencias. Tenemos que comprometernos con este tiempo nuevo y hacer posible, vivible y creíble en medio de nuestras comunidades el amor de Dios regalado en plenitud a través de la encarnación de Jesús en nuestra historia humana.



En México, se acostumbra que aquellos a quienes les tocó el muñeco de la rosca de reyes, son los que deberán presentarlo en el templo el día de la Candelas. Para esto, hay que vestirlo y engalanarlo. También, comprarle un trono para sentarlo. En esta celebración se bendicen la imagen del Niño Dios y las candelas, que representan la luz de Cristo en los hogares. Las velas benditas se pueden prender cuando surjan las dificultades de la vida durante el año.

Esta fiesta termina con una merienda familiar y de amigos, en la cual se sirven tamales y atole de sabores y chocolate caliente.

Es una fiesta que podemos aprovechar para reflexionar acerca de la obediencia de María y para agradecer a Jesús que haya venido a iluminar nuestros corazones en el camino a nuestra salvación eterna.

La Virgen de la Candelaria 
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Es una de las muchas advocaciones (nombres) de la Virgen María. Tuvo su origen en Tenerife, una de las islas Canarias.

Según la tradición, la Virgen se le apareció en 1392 a dos indios guanches que pastoreaban su rebaño, quienes, al llegar a la boca de un barranco, notaron que el ganado no avanzaba, como si algo impidiera seguir adelante. Para ver qué era lo que pasaba, uno de los pastores avanzó y vio en lo alto de una peña una imagen de madera como de un metro de alto de una mujer. Traía una vela en la mano izquierda y cargaba a un niño en el brazo derecho. El niño llevaba en sus manos un pajarito de oro.

Los indios, como tenían prohibido hablar con mujeres que estuvieran solas, le hicieron señas para que se apartara del camino. Como no les hacía caso, uno de los indios tomó una piedra para lanzársela, pero el brazo se le paralizó. Su compañero tomó la imagen e intentó romperla, pero en el intento, se cortó sus propios dedos.

Los indios corrieron a avisar al rey, quien de inmediato fue con todos sus guardias al lugar del acontecimiento. Tomaron la figura y la llevaron a la casa del rey. Los encargados de llevársela fueron los pastores que la encontraron, quienes al instante de tomarla en sus manos, quedan curados del brazo uno y de los dedos, el otro. Ante este milagro, el rey ordenó que todo el pueblo honrara a aquella figura de mujer, a quien le llamaron “La Extranjera”.

Cuando la gente se acercaba a Ella, se oían armonías celestiales, se percibían aromas exquisitos y la imagen despedía una luz resplandeciente. Infundía en las personas temor y respeto, pero ellos no sabían a quién representaba.

Años después, los españoles conquistaron la isla de Lanzarote y soñaban con conquistar la isla de Tenerife.

En uno de sus intentos de conquista, apresaron a un niño guanche y lo llevaron a Lanzarote. Ahí lo bautizaron con el nombre de Antón, lo catequizaron y un tiempo después, lo llevaron de regreso a su isla natal de Tenerife.

Antón fue a la casa del rey a contarle todo lo que le había sucedido y el rey le dio permiso de ver a La Extranjera.

Cuando Antón la vio, se puso de rodillas y les dijo a todos que hicieran lo mismo. Les explicó que aquella Señora, era la representación de la Virgen María cuando llevaba a Jesús a presentar al templo. Le explicó que la Virgen María era la Madre del Dios y de todos los hombres y que era una gran suerte tener ese gran tesoro.

Antón le pidió al Rey permiso para buscar un lugar en el que todos la pudieran venerar. El Rey accedió y llevaron la imagen a la cueva de Achbinico, un templo subterráneo, que parecía una Iglesia natural. Antón cuidó por un tiempo de la Basílica. Alrededor de 1530, encargaron el Santuario a los padres dominicos que se les conocía como “Los frailes de la Virgen”.

En noviembre de 1826, una tormenta terrible azotó a la isla de Tenerife, llegando al Santuario de la Virgen y las aguas se llevaron la Imagen. Se hizo todo por tratar de recuperarla, pero no fue posible encontrarla. Los padres dominicos acordaron mandar a hacer una imagen nueva. Así lo hicieron y en la festividad del día 2 de Febrero de 1830, bendijeron la nueva imagen de Nuestra Señora de la Candelaria.

Desde el año 1599 se nombró a la Virgen de la Candelaria patrona de todo el archipiélago canario. Su devoción se ha extendido por la península y por toda Hispanoamérica, principalmente por Venezuela.

Sus milagros y favores son constantes. Cada año acuden a visitarla miles de personas de todas clases sociales para darle gracias y pedirle beneficios.

Le cantan:
Muchas flores la fortuna
Regaló a las Canarias;
Pero como Tú ninguna.
Virgen de la Candelaria.

Virgen de Candelaria,
la más bonita, la más morena,
la que extiende su manto
desde la cumbre hasta la arena

En México, en Tlacotalpan, en el Estado de Veracruz, tienen como patrona a la Virgen de la Candelaria. Su traje es muy significativo: bajo el manto de azul profundo, lleva un vestido blanco resplandeciente, bordado con motivos vegetales y volutas (flores y espigas de trigo grandes). La Virgen se encuentra en la Iglesia y el día 2 de Febrero se acostumbra sacarla de la Iglesia, cantarle las Mañanitas por la mañana y por la tarde, llevarla en procesión por el río Papaloapan.

Tlacotalpan es un lugar que se encuentra al margen izquierdo del río Papaloapan, que quiere decir "río de mariposas".